Crónica de un concierto, 2012: la noche que ahora recuerdo de otra manera

Aquel cuaderno de gira de hace quince años

Lo encontré ordenando una caja que llevaba años sin abrir, debajo de unas fotos que ya tenía clasificadas en otro sitio: un cuaderno de tapa blanda, con las esquinas dobladas, lleno de horarios de conciertos, cuentas mal hechas y una letra que apenas reconozco como mía. Lo usé durante una gira de hace quince años, cuando todavía apuntaba todo a mano porque desconfiaba —con razón, probablemente— de que el teléfono aguantara despierto toda la noche.

Las primeras páginas son las más ordenadas: horarios de sonido, direcciones de salas, algún número de teléfono sin nombre que ya no sabría a quién pertenece. A partir de la tercera semana de gira, la letra empieza a cambiar. Se hace más pequeña, más inclinada, como si el propio cuaderno estuviera cansado también. Hay páginas enteras dedicadas solo a cuentas: lo que cobramos, lo que gastamos en gasolina, una discusión por escrito conmigo mismo sobre si podíamos permitirnos parar a comer algo que no fuera un bocadillo de gasolinera.

Lo que más me ha sorprendido, releyéndolo ahora, no son los datos —esos los recordaba más o menos bien— sino los comentarios sueltos que me permitía en los márgenes. Frases cortas, casi telegráficas, sobre cómo había ido cada concierto, escritas por alguien que evidentemente no tenía ni tiempo ni ganas de elaborar mucho más. «Público frío al principio, se soltaron a la cuarta canción». «Mejor concierto del mes, nadie se dio cuenta de que fallé la entrada del segundo tema». Son anotaciones que en su momento no me parecían importantes y que ahora leo con la misma curiosidad con la que leería el diario de otra persona.

Hay una página, hacia el final, en la que dejé de apuntar horarios y cuentas para escribir, en una letra todavía más pequeña, algo parecido a una lista de razones para seguir haciendo esto. No la voy a transcribir aquí entera —hay cosas que prefiero conservar solo en el cuaderno original— pero sí diré que, quince años después, sigo estando de acuerdo con casi todas.

El cuaderno ha vuelto a su caja, aunque esta vez lo he dejado más a mano. No sé si volveré a escribir algo así, ahora que todo cabe en el teléfono y nada se pierde nunca del todo. Pero me gusta pensar que, si alguna vez encuentro otro cuaderno igual dentro de quince años más, seguirá teniendo algo de esa misma letra apresurada, esa que solo aparece cuando de verdad importa lo que se está apuntando.