Cuando una melodía aparece sin avisar y decide quedarse

El baúl de los billetes de tren que ya no existen

Guardo, sin ningún criterio aparente, billetes de trenes que ya no circulan, de ciudades a las que hace años que no viajo por trabajo. Están todos metidos en el mismo sobre, dentro del mismo baúl del que ya he hablado otras veces en este rincón, y cada cierto tiempo los saco solo para mirarlos, sin ninguna razón práctica, antes de volver a guardarlos exactamente en el mismo orden.

El más antiguo es de un trayecto nocturno que ya no existe como tal: cambiaron el horario hace años y ahora el mismo recorrido se hace de día, en la mitad de tiempo, sin la parte que a mí más me gustaba, que era llegar a la ciudad de destino con la luz de la mañana recién empezando y la sensación de haber cruzado algo más que kilómetros. Llegar así, de madrugada, con el resto de la ciudad todavía sin despertar del todo, tenía algo que el mismo trayecto de día jamás podría darme.

Hay otro billete, más reciente, que guardo por un motivo mucho más tonto: en el dorso alguien —nunca sabré quién— anotó a lápiz una hora y un nombre que no significan nada para mí. Me lo encontré ya en el asiento, como si el billete llevara toda una vida anterior antes de llegar a mis manos, y decidí conservarlo tal cual, sin intentar descifrar qué significaba esa nota. Prefiero no saberlo. Prefiero que siga siendo un pequeño misterio dentro de otro sobre lleno de misterios pequeños.

No sé exactamente por qué guardo estas cosas. No tienen ningún valor objetivo: no son coleccionables, no van a revalorizarse, ni siquiera podría demostrarle a nadie qué concierto o qué crónica concreta motivó cada viaje. Pero cada billete es, a su manera, la prueba de que en algún momento estuve en algún sitio, camino de algo que en ese momento me importaba lo suficiente como para subirme a un tren.

Supongo que por eso sigo comprando billetes de papel siempre que puedo, aunque el teléfono haga exactamente el mismo trabajo sin ocupar espacio en ningún baúl. Sé que algún día este sobre estará tan lleno que tendré que empezar otro. Cuando llegue ese momento, probablemente me sentaré un rato a mirar todos los billetes juntos antes de decidir dónde va cada uno. No tengo ninguna prisa por que llegue ese día, la verdad.