Los Miserables: la tercera y última vez

Se apagan las luces. Una voz por megafonía recuerda la prohibición de grabar, nos traslada al siglo XIX y presenta al maestro. Empiezan a sonar los primeros compases. Máxima emoción y expectación. Ya sé que mi atención durante las próximas tres horas estará puesta sobre el escenario. Se sube el telón. Comienza Los Miserables.

Las primeras

Mentiría si dijera que he perdido la cuenta de las veces que he visto la obra de Víctor Hugo hecha musical este año, pero tal expresión sirve para hacerse una idea de lo mucho que me encanta.

Ocho. De momento son ocho. Y digo «de momento» porque no puedo ni quiero comprometerme a no volver. Llegué a la producción de Cameron Mackintosh en el Teatro Apolo de Madrid por una canción y una recomendación en una fecha casi señalada. Poco antes había visto a propósito la película de 2012 dos veces seguidas y esa era mi única referencia. No sabía nada de los intérpretes sobre y bajo el escenario y, de hecho, tampoco recordaba el nombre de todos los personajes.

Me fascinó. La música, la puesta en escena, la interpretación… todo. No había terminado y ya sabía que quería volver. Además, tenía un incentivo: Javert. Yo tenía una idea preconcebida de cómo debía ser Javert y esa noche no lo había encontrado, pero me dijeron que tenía que ver a Pitu Manubens, el titular, que era «un máquina»; esa noche también aprendí lo que es un cover. Y volví, un mes después, y me volvió a fascinar; y volví a ver al mismo cover, así que ya me lo tomé como algo personal: tenía que ver a Pitu.

Y esa fue la tercera vez. Fui con una amiga a la que le dije: «esta es la tercera y última vez que vengo», pero me encantó tanto, me cautivó tanto… «¿Cómo es posible que algo que ya he visto tres veces me siga emocionando hasta este punto?», me preguntaba. No lo sé, pero ya no podía dejarlo. Además, tenía muchas expectativas puestas en la interpretación de Manubens como Javert, tantas que pensaba que por muy bien que lo hiciera, me decepcionaría, pero, ¡ay!, en qué dulce error estaba… Pitu dejó todas mis expectativas a la altura del betún, pues da vida a Javert de una forma espectacular: era lo que estaba esperando y muchísimo más.

Culpables

Si quisiera hacer mención a todas las interpretaciones que me encantan de Los Miserables, estas líneas se convertirían en una retahíla interminable de nombres, pero si he vuelto tantas veces al Apolo es, en gran parte, gracias a quienes dan vida a esta inmortal historia.

Saludo final del elenco de Los Miserables el 13.9.2026

He llorado a mares con la Éponine de Elsa Ruiz Monleón, probablemente una de las mejores voces del musical, y con el Marius de Quique Niza y esas «sillas y mesas», que me rompen cada vez. He llorado también, aunque de la risa, con el icónico matrimonio Thénardier: con el histriónico e histórico Xavi Melero, tan fácil de admirar como actor y más aún de apreciar como persona, a quien guardo un especial cariño y agradecimiento; y con Malia Conde, cuya voz y desparpajo natural hacen imposible dejar de mirarla cuando está sobre el escenario.

He vibrado de emoción en mi butaca con el impresionante Javert de Pitu Manubens y con el excepcional Jean Valjean de Adrián Salzedo. Me ha conmovido la interpretación de Teresa Ferrer en la piel de Fantine. Y se me ha erizado el vello como nunca antes con la Canción del pueblo, capitaneada por el siempre perfecto Enjolras de Javier Manente (estoy deseando ver su Valjean) y arropada por un ensemble sin parangón; con el Sale el sol, que da cierre al primer acto; y con el Epílogo más memorable que he vivido en directo.

Sería injusto dejar de mencionar a las chicas de la fábrica y del muelle, a los estudiantes del ABC y al breve y certero obispo de Digne de Álvaro Puertas. Sin saber que lo apreciaba tanto, he echado de menos el Grantaire de Pablo Raya, como echaré de menos a la precisa Cosette, con la que me reconcilié gracias al esmerado perfeccionismo de Alèxia Pascual.

Me ha despertado muchísima ternura y simpatía la pequeña Cosette de Lía Luna, más allá del cariño personal y el agradecimiento transitivo. Y también todos y cada uno de los Gavroche, que me han cautivado cada vez que me he acercado a las barricadas.

Podría seguir y, de hecho, me dejo tanto por mencionar… Quizás esa sea parte de la respuesta: cada vez que vuelvo encuentro a alguien más a quien culpar de mi regreso.

Ocho funciones, ocho miradas

He disfrutado ocho veces de Los Miserables y, sin embargo, nunca he visto dos veces la misma función. Cambia el elenco, el director, las circunstancias… y, sobre todo, cambia mi mirada.

Las dos primeras, viernes y martes, respectivamente, fueron de fascinación y descubrimiento; la tercera fue la más emocional, función tras la que entendí que iba a seguir yendo, en oposición a lo que pensé antes de que se levantara el telón aquel jueves memorable.

Para la cuarta y quinta, un viernes de doblete, ya tenía mi sitio: mi butaca favorita. Ese día pensé: si aproximadamente seis horas miserables no consiguen que termine aborreciéndolo por exceso, ya nada podrá.

Y, alerta spoiler: volví una sexta. Me encantó poder compartir esa función aquel sábado de finales de junio y la primera fila de mis amores y disfrutar de mi combinación favorita del elenco.

La séptima fue también muy especial: domingo 9 de agosto, fin de temporada. Fue tan emocionante que no pude evitar llorar hasta con los Thénardier (esta vez de emoción)… Se respiraba la inminente despedida, aunque no fuera por mucho tiempo.

La octava y, de momento, última, fue la más diferente para mí. Una invitación por sorpresa el día anterior (gracias infinitas) me llevó de vuelta al Apolo el fin de semana de estreno de la segunda temporada. Aquel 13 de septiembre también lo pasé en muy buena compañía. Hubo caras nuevas que me encantaron, como Oriol Burés en la piel de Bamatabois y Laura Martín como Cosette; y otras caras no tan nuevas que descubrí de otra manera: me gustó mucho el Javert de Álvaro Puertas, que aún no había tenido ocasión de disfrutar, y también quedé gratamente sorprendida por el Jean Valjean de Carlos Solano.

Ninguna ha sido igual a la anterior porque no hay dos funciones iguales, pero también porque, casi sin darme cuenta, yo tampoco las he vivido de la misma manera.

Y aunque ya sepa lo que va a pasar y casi de memoria cada respiración, hay cosas que no puedo evitar seguir sintiendo: el vello erizado con cada coral o con esos versos de Valjean, sobre la preciosa melodía prestada de I dreamed a dream, cuando va a rescatar a Cosette; las ganas de saltar de la butaca y unirme a las barricadas; las lágrimas con On my own, la muerte de Éponine y la de Gavroche; la conmoción ante el crescendo de la orquesta tras la última batalla, al descubrir el cuerpo inerte de Enjolras; o ese magnífico solo de oboe acompañado por cuerdas en pizzicato.

Cada vez es distinta y, a la vez, la emoción permanece intacta. Quizá por eso no puedo comprometerme a no volver: porque me he enganchado a esa sensación de saber qué va a ocurrir y seguir sintiéndolo como si no lo supiera. Además, todavía me falta ir un miércoles.

Dicen que a la tercera va la vencida. A la tercera, la vencida fui yo. Vencida y rendida ante tanto arte sobre, bajo y tras las tablas del Teatro Apolo de Madrid.

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