El backstage que nunca fotografié
Tuve la cámara colgada del cuello toda la noche y no hice ni una sola foto. No fue un despiste: fue una decisión, tomada en algún momento entre el segundo y el tercer café de aquel backstage, de que esa noche concreta prefería guardármela solo para mí.
Había conseguido acceso para cubrir el concierto y hacer, de paso, un reportaje sobre lo que pasa detrás del escenario antes de que empiece el show. Lo que encontré no fue lo que esperaba: nada de caos ni de nervios de última hora, sino una calma casi doméstica. Alguien cosiendo un botón. Alguien más leyendo, ajeno por completo a que en menos de una hora tendría delante a miles de personas. Una partida de cartas a la que nadie parecía darle demasiada importancia, salvo por las risas que se le escapaban a quien iba perdiendo.
En algún momento until me ofrecieron un trozo de tortilla de patatas —la misma que estaba comiendo todo el equipo, técnicos incluidos— y ahí decidí que ese backstage no iba a convertirse en contenido. Que había cosas que merecía la pena simplemente ver, sin la mediación de un objetivo, sin pensar en qué encuadre funcionaría mejor. Han pasado años y todavía recuerdo con más nitidez esa tortilla y esa partida de cartas que cualquier concierto que haya fotografiado ese mismo mes.
No es una crítica a mi propio oficio, que sigue pareciéndome uno de los más bonitos que conozco. Es, más bien, una excepción que me permito de vez en cuando: la de estar en un sitio privilegiado sin convertirlo automáticamente en trabajo. Creo que todos necesitamos, de tanto en tanto, un backstage que no fotografiamos, una noche que decidimos vivir en lugar de documentar.
Cuando el concierto empezó, volví a mi sitio habitual, cámara en mano, y disparé como cualquier otra noche. Pero esa hora anterior, la de la tortilla y las cartas, sigue siendo mía y de nadie más. Puede que por eso la recuerde tan bien: porque no tuve que compartirla con nadie hasta ahora.
