Cuando una melodía aparece sin avisar y decide quedarse

Lo que aprendí escuchando el mismo disco cien veces en la furgoneta

Hay discos que se escuchan y discos que se habitan. La diferencia no está en la calidad —he habitado discos objetivamente mediocres— sino en la cantidad de horas muertas que compartes con ellos sin otra cosa que hacer más que mirar por la ventanilla. Durante una gira de tres semanas, hace ya un tiempo, un mismo álbum sonó tantas veces en la furgoneta que dejó de sonar de fuera para empezar a sonar de dentro.

Al principio lo pones porque nadie protesta. Luego lo pones porque ya sabes exactamente cuándo va a bajar el volumen y puedes seguir la conversación sin perder el hilo. Y al final —esto es lo raro— lo pones porque necesitas que suene, de la misma manera que necesitas el ruido del motor o las luces de los peajes pasando cada ciertos kilómetros. Ha dejado de ser un disco. Es parte del paisaje sonoro del viaje, como el silencio incómodo de las cuatro de la madrugada o la risa floja de alguien que lleva demasiadas horas sin dormir.

Lo curioso es lo que ese disco terminó enseñándome, no sobre música, sino sobre la memoria. Han pasado años y sigo sin poder escuchar esas canciones sin que se me aparezca, con una nitidez que no tienen otros recuerdos de esa gira, una gasolinera concreta, una conversación concreta, un cielo concreto a las afueras de una ciudad que ni siquiera recuerdo bien. La música se llevó el resto del viaje pegado, como si hubiera grabado encima del disco original una segunda pista que solo yo puedo oír.

Creo que por eso desconfío un poco de las listas de reproducción infinitas, del algoritmo que nunca repite una canción si no se lo pides. Hay algo que se pierde cuando no dejamos que nada se repita lo suficiente como para dejar huella: la posibilidad de que un disco deje de pertenecer a quien lo hizo y empiece a pertenecerte a ti, contaminado ya para siempre con tus propios kilómetros.

Sigo escuchando ese disco de vez en cuando, ya en casa, sin furgoneta ni gira ni prisa. Suena distinto, claro. Pero durante los tres primeros minutos, siempre, vuelvo un poco a esa carretera.