Cuando el público canta más alto que el micro
Hay un momento en cada concierto en el que deja de importar quién está en el escenario y empieza a importar quién está alrededor. Llevaba tres canciones apuntando cosas en la libreta —la luz, el tempo, el color de la camisa del bajista— cuando sonó el primer acorde de esa canción que todo el mundo esperaba y que, por algún motivo que nunca he sabido explicar del todo, siempre hace que la gente deje de mirar el escenario para mirarse entre sí.
El cantante ni siquiera terminó la primera frase. La sala entera se le adelantó, y durante unos segundos su voz se perdió por completo bajo la de dos mil personas que no se conocían de nada pero que en ese instante cantaban exactamente lo mismo, con la misma respiración entrecortada, con los mismos silencios en los mismos sitios. Él se rió, se llevó la mano al pecho y dejó el micrófono colgando. No hacía falta.
Siempre digo que mi trabajo consiste en escribir sobre lo que pasa sobre el escenario, pero las crónicas que más he disfrutado escribir en los últimos años son casi todas sobre lo que pasa delante de él. Sobre el chico que se sabía las coreografías de memoria y las hacía con una vergüenza mínima, la justa para que se notara que le daba igual. Sobre la mujer que lloraba sin disimulo en la canción número siete, la que casi nadie recuerda pero que a ella, evidentemente, la había acompañado en algo que yo no tenía ningún derecho a preguntar. Sobre el padre que llevaba a su hija a hombros y que cantaba flojito, para no molestarla, pero cantaba.
Creo que por eso me cuesta tanto escribir sobre conciertos en los que el público se queda quieto. No hay nada malo en escuchar sentado, en dejar que la música entre sin necesidad de devolverle nada; hay noches que piden justamente eso. Pero cuando ocurre lo otro —cuando dos mil desconocidos deciden, sin haberlo hablado, sostener entre todos una misma frase— entiendo mejor que en cualquier otro momento por qué sigo yendo a fila cero con una libreta que casi nunca uso del todo.
Al salir, ya en la calle, escuché a dos chicas tarareando el estribillo que unos minutos antes habían gritado con todas sus fuerzas. Lo hacían bajito, casi para ellas, como si quisieran quedarse un rato más dentro de la canción antes de que la noche las devolviera a todo lo demás. Yo hice lo mismo, sin darme cuenta, un par de calles después.
