Los Miserables después de Waterloo

La playlist que hicimos en el autobús de gira

Esta es una reseña rara, lo reconozco desde el principio: no voy a hablar de un disco concreto, sino de una playlist. La construimos entre varios, turno a turno, durante tres semanas de gira, con la única regla de que cada canción tenía que justificarse ante el resto del autobús antes de sonar. Algunas duraban diez segundos antes de que alguien exigiera el cambio. Otras se quedaron para siempre.

La abría, casi siempre, quien conducía el primer tramo de cada noche, con algo tranquilo, casi funcional, pensado para no distraer. A partir de ahí, la cosa se volvía imprevisible. Hubo una noche entera dedicada, sin que nadie lo planeara, a bandas sonoras de películas que ninguno de nosotros habíamos visto enteras. Hubo una discusión de cuarenta minutos —cuarenta minutos reales, con paradas técnicas incluidas— sobre si cierta canción pertenecía o no a cierto género, discusión que nunca se resolvió y que se retomaba, sin previo aviso, en gasolineras distintas.

Lo que más me sorprende, revisando ahora esa lista, es lo poco que se parece a lo que cualquiera de nosotros habría elegido solo. Hay canciones que jamás habría puesto por iniciativa propia y que ahora no puedo escuchar sin acordarme de una carretera concreta, de una risa concreta, de alguien cantando fatal y sin ningún complejo a las tres de la madrugada. La playlist, más que una colección de canciones, terminó siendo un mapa de aquellas tres semanas: se puede reconstruir casi entero el viaje solo mirando el orden en que fueron cayendo los temas.

Hay una canción, hacia la mitad de la lista, que siempre generaba el mismo ritual: en cuanto sonaban los primeros segundos, alguien subía el volumen al máximo sin preguntar, y durante tres minutos nadie hablaba de otra cosa que no fuera esa canción. No sabría explicar bien por qué esa y no otra. Simplemente ocurría, gira tras gira, con playlists distintas que siempre terminaban incluyéndola en algún punto.

Sigo teniendo esa lista guardada, intacta, sin añadir ni quitar nada desde que acabó la gira. La escucho muy de vez en cuando, casi siempre sola en el coche, y cada vez me sorprende reconocer exactamente en qué tramo del viaje estábamos cuando sonó cada canción. No es la mejor música que he escuchado nunca. Es, probablemente, la que mejor recuerdo.