Mi vida de gira

Hace casi un año: por las calles de Santiago

Hoy quiero echar la vista atrás, concretamente a un viaje que hice por estas fechas hace un año. Las buenas experiencias se recuerdan con más cariño cuanto más tiempo pasa. Parafraseando a Gabriel García Márquez, «la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado». No fue sólo un concierto de Maldita Nerea, Funambulista y Lagarto Amarillo en Santiago. Fue mucho más que eso: mi primer viaje sola.

Maldita Nerea en Santiago

 

El pasado 2 de diciembre, nos despertamos mi amiga P y yo alrededor de las seis de la mañana. Ella había accedido a llevarme al aeropuerto de Barajas, ya que me dirigía a Santiago de Compostela. Mi avión salía a las 7:20 y P no me dijo que trabajaba ese día, así que le agradecí y agradezco muchísimo más, si cabe, que me hiciera ese favorazo. Aquella noche me esperaba en la capital gallega un triple concierto con un cartel innegablemente atractivo para mí: Lagarto Amarillo, Funambulista y Maldita Nerea. Pero, hasta entonces, pasarían unas cuantas horas…

Aterricé en la ciudad coruñesa pasadas las ocho de la mañana. Lo primero que hice fue desayunar en un bar del aeropuerto. Después, me subí a un autobús que me llevó al centro de Santiago. Gracias a mi querida Bolita (tengo dos: un mini altavoz que siempre porto en mi bolso y la función GPS de mi iPhone, a la que ahora me refiero), fui caminando hasta el pabellón Multiusos Fontes do Sar, donde se celebraría el evento. Y, de ahí, al hotel, para echarme una siesta mañanera, ya que no había dormido apenas. Lo que Bolita no sabía (pobre, bastante tiene con orientarme) es que aquellas calles eran, digamos, peculiares. Una chica siempre acostumbrada a la urbe y el asfalto, ahora se las veía con carreteras sin aceras, esquivando coches, subiendo y bajando cuestas interminables en medio de la vegetación… Vamos, toda una aventura. Disfruté mucho del paseo y además, hizo muy buen tiempo, que para ser Galicia y diciembre, ¡ya está bien! Eso sí, llegué al hotel cerca de las once y descarté por completo la idea de volver andando tras el concierto.

Desperté dos horas después. Me duché, me cambié y me fui, esta vez en taxi, a un centro comercial cercano donde poder comprar ciertas cosas que me faltaban y almorzar. Para las personas a las que no nos gusta comer solas, los establecimientos de comida rápida tipo McDonald’s (por decir algo) son muy socorridos.

Y, a partir de entonces, podría decirse que no estuve sola. Me dirigí al Multiusos y tuve la gran suerte de poder entrar al recinto (ya sí que se había nublado y hacía muchísimo frío) y ver las pruebas de sonido. Y no salí de allí hasta la una y media de la mañana, aproximadamente. Los conciertos fueron geniales, como siempre. Disfruté de todas y cada una de las actuaciones. Estaba muy contenta por poder ver estos tres grupos juntos, pero no revueltos. Aquella noche no dormí debido a todas las grandes emociones que había vivido durante la jornada. Al día siguiente, quedé con mi amiga I, que vino a mi encuentro desde Pontevedra. Fuimos a ver la Catedral, comimos en un restaurante situado en una de las calles cercanas, pasamos la tarde juntas en el mismo centro comercial en el que estuve el día anterior y me llevó al aeropuerto por la noche.

Aunque me lo pasé como una enana los dos días y el concierto fue uno de los más especiales en los que he estado, si rescato esta anécdota es por otro motivo (y quizá sea el que me hace recordar todo con tanto cariño): si bien el viaje a Londres, mes y medio antes, fue el primero que hice de manera autónoma, el de Santiago fue el primero que emprendí totalmente sola. No sé si aquí he comentado que los aviones no son precisamente santo de mi devoción, así que me tuve que armar de valor. Y sobre todo a la vuelta, donde prácticamente a punto de aterrizar en Madrid, el piloto decidió volver a tomar altura y una de las azafatas dijo algo así: «como han podido observar, el comandante ha decidido no aterrizar en esta ocasión. Les comunicaremos la nueva información que vayamos teniendo». Pasé muchísimo miedo y aumentaban mi nerviosismo la auxiliar de vuelo que hablaba sin decir nada y el piloto comentando: «si miran por las ventanillas de la izquierda, podrán ver una imagen muy bonita de Madrid». Sí, vale, estaban las luces de Navidad puestas y las vistas eran preciosas, pero, ¡leches! ¡Tiene mi vida en sus manos! ¡Céntrese! Puede sonar exagerado, pero en ese momento lo estaba pasando realmente mal.

Incidentes aparte, fue un viaje que supuso un gran crecimiento personal y estuvo lleno de preciosos y felices momentos. Y es que, al final, la vida es eso, ¿no? «Recolectar» el mayor número posible de vivencias felices. Cada vez que me acuerdo de aquella experiencia, se me humedecen los ojos de pura emoción.

Un abrazo,

Beli.

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