Mi vida de gira

Andrés Suárez en el Náutico, parte II: bandón

Hoy avanzo con la crónica del concierto de Andrés Suárez en el Náutico con el bandón para que no se me acumulen, pues este finde me llevo mi vida de gira a vivir Mi Pequeña Historia en Badajoz, el viernes 18, y Cáceres, el sábado 19. Sumo y sigo.

Andrés Suárez con el bandón en el Náutico

 

La mañana del 20 de agosto la pasé en Combarro, un pueblo precioso de la provincia de Pontevedra. Estuve varias horas recorriendo sus estrechas calles de piedra, perdida entre hórreos, cruceiros, hermosas construcciones y tiendas de souvenirs, dentro de las que me perdí un poco más. Y un barquito monísimo se vino conmigo. Con tanta belleza, me curé y me olvidé del cabreo que tenía por cómo había sido el concierto acústico de Andrés Suárez el día anterior en el Náutico. «Hoy será mejor».

Combarro

Preconcierto. «¿Dónde aparco?»

Volví a Sanxenxo para comer. Y al hotel, «es la hora de la siesta». «Pero poquito, Belén, que luego te pilla el toro y tienes que aparcar en el arcén». Y es que el día anterior no había sitio en todas las calles cercanas al Náutico de San Vicente do Mar y claro… No me hizo mucha gracia dejarlo ahí, pero ya me dijeron que malo sería que se lo llevaran. Y ahí estaba, intacto después del concierto. Igualmente, no quería repetir la experiencia. Lo que me faltaba es que se llevara mi coche la grúa y que, en vez de escuchando a Andrés Suárez y Mi Pequeña Historia, pasara mi última noche gallega buscando mi coche en vete-a-saber-qué-depósito.

Llegué al Náutico un poco antes que el día anterior y no, no me tocó aparcar en el arcén, pero el único sitio que encontré libre fue en un prao’ a la entrada de la urbanización donde está el Náutico. Y como el día anterior llevé el trípode nada más que para pasearlo y cargar con él, porque estuvimos cómodamente sentados durante todo el concierto, en esta ocasión decidí no llevarlo porque no me iba a hacer falta. Ya.

Náutico de San Vicente do Mar

Imagina la cara que se me quedó cuando pasé al jardín del local para descubrir que habían desaparecido todas las mesas, sillas y sillones que el día anterior nos acomodaban. Miento. Todas menos aquéllas de la zona alejada del escenario en la que me senté yo el día anterior. Ni loca. Bastante sufrí con el acústico del Náutico el día anterior, que casi ni escuchaba a Andrés. «Que no cunda el pánico». Le pregunté a uno de los chicos que trabajaban allí si no iban a montar el chiringuito y me dijo que no, que todos de pie. Mi gozo en un pozo. Encontré una mesa natural, hecha con un tronco de árbol talado, con unos bloques de granito alrededor, y allí me senté, a pesar de los enormes perros que tenía justo detrás, echando la tarde a la sombra de un gran árbol. Y se me encendió la bombilla: «Cuando empiece el concierto, me subo al banco de piedra junto al árbol y arreglado».

 

Concierto. Entre ramas, hojas y cabezas, Andrés Suárez

 

 

Después de las tres primeras canciones de la noche, todas ellas de Mi Pequeña Historia, No saben de ti, Voy a volver a quererte y Dublín, llegó uno de los momentos más surrealistas que he vivido en un concierto: Andrés sostenía un papel y leía. Había coches mal aparcados. Me entraron los siete males. «Malo será», decía el paisano. ¿Malo será? «A ver si ahora tengo que ir a mover el coche de sitio y me pierdo el concierto». Por suerte, no fue así. El gallego, entre risas y como pudo, comunicó las dos matrículas cuyos coches estaban «obstaculizando la salida de un camión junto a la capilla». Respiré. Recuerda que el mío estaba en un prao’. Fue un momento tan gracioso y surrealista que no dudé en capturarlo para el disfrute de todos:

 

 

Después de unas cuantas canciones, decidí abandonar mi posición en las alturas para disfrutar del concierto en compañía de un buen amigo, desde donde veía a Andrés Suárez de perfil y a Marino, casi siempre, de espaldas. Menos me daba la piedra en la que estaba subida, que entre ramas y hojas sólo veía al gallego. Y, además, ahora estaba muy bien acompañada. Eso sí, sin el trípode y en un punto conflictivo (de paso para muchos), me las tenía que ver para ir esquivando cabezas, así que perdón por los bailes de los vídeos.

A pesar de todo, disfruté muchísimo del concierto de Andrés Suárez, el bandón y su pequeña historia, todas sus pequeñas historias, entre amigos, cervezas, risas y música, mucha música. Ver un concierto desde el lateral no es el mejor ángulo, pero estuvimos muy tranquilos, sin grandes aglomeraciones de gente, y pudimos disfrutarlo desde la distancia. Y, para mi sorpresa, hubo algunos vídeos que quedaron muy bonitos.

 

 

Volvimos a reírnos mucho al final del concierto, con el ya mítico chicos contra chicas que orquesta Suárez en los coros finales de Lo malo está en el aire, enlazada con Luz de Pregonda. Fue muy gracioso ver cómo Andrés les daba las gracias a los músicos por cantar el famoso «nara nana nana nara» final, al parecer, los únicos chicos que lo hicieron. Pero como el árbitro no es imparcial, aunque las chicas machaquemos a los chicos en cada concierto, al final siempre ganan ellos, aunque luego chupen sofá.

 

 

Por supuesto y como siempre, puedes disfrutar de todos los vídeos del concierto aquí.

 

Postconcierto. Amigos, risas… y fideuá

Náutico de San Vicente do MarUna vez terminado el concierto, cambiamos la música por agradables conversaciones, los vídeos por fotos, las cervezas por copas y las risas… las risas no las cambiamos por nada. Hubo un momento en que a mi amigo G le dio por ausentarse porque iba a buscar a alguien. «Quédate aquí, ahora vengo». Y vi una hamaca colgada entre árboles. Y me pareció buena idea esperarle sentada. Mal. Esas cabronas son muy inestables. El césped del Náutico lo sabe. Mi culo también. Y las chicas que hacían cola para saludar a Andrés Suárez, con sus risas, también. «Estoy bien, gracias». Justo después volvió G a mi encuentro, para contarle mi pequeña aventura con la hamaca en la que nunca llegué a tumbarme.

No preguntes cómo, en un momento de la noche acabé dentro de la cocina del Náutico, para luego terminar en una de las mesas del jardín cenando fideuá, bien acompañada por dos de mis G favoritas: mi amigo y otra que llevó la tónica de la noche. Aquí merece una mención especial Miguel, por la amabilidad de ofrecerme la posibilidad de cenar, así, sin comerlo ni beberlo. Bueno, sí, leches, sí, comiéndolo y bebiéndolo.

Y siguió la noche, y siguieron las copas, y siguieron las fotos, y
siguieron las risas, y siguieron las copas, y volvió la música. ¡Vaya noche la de aquel día! Conocí a gente maravillosa, me reencontré con grandes amigos y me reí muchísimo.

Todo terminó con el navegador de mi coche totalmente desconfigurado, una bolsa ajena en el asiento trasero del mismo (que aún tengo que devolver) y una sonrisa enorme en mi cara, recordándome lo feliz que me hacen estos pequeños grandes momentos.

Beli y Andrés Suárez

Mañana pongo rumbo a Badajoz para seguir con Mi Pequeña Historia. Ya te contaré. Prometido. Que tengas un finde genial.

B.

! Comentario

  1. 17 septiembre, 2015    

    Jajaja, sí, en realidad se estaba riendo, pero visto como tú dices… De nada, muchas gracias a ti por verlos, por pasarte por el blog y comentar. Espero verte de vuelta pronto. Un saludo!!

Deja un comentario