Mi vida de gira

Versiones, risas y amistad en Barcelona

Lo prometo: mi último viaje no era conciertil. Palabrita. Pero no sé cómo, acabé en un concierto. Bueno, en varios. Bueno, sí sé cómo y de eso trata este post. Te iré contando cómo un viaje a Barcelona con amigos acabó ambientado en las fiestas de Rubí, entre risas y mucha música. Qué de buenos y bonitos ha puesto la música en mi camino.

Risas, versiones y amistad en Barcelona

 

Mi fin de semana barcelonés

Pues sí, la cosa fue surgiendo. Y ¿no hay mejores planes que los improvisados? Hará algunas semanas ya que recibí la llamada de mi querido amigo Jordi Armengol, anunciando la próxima visita de mi también querida Laura a tierras catalanas. Que si me animaba. Ja, ¡cómo me conocen! Ya saben que yo me apunto a un bombardeo.

Eso sí: sólo podría ir un fin de semana por temas del nuevo trabajo y las vacaciones y, haciendo números, decidí que éste sería el del 1 de julio. Si tenemos en cuenta que el mismo viernes 1 saldría hacia Barcelona directamente desde el trabajo y llegaría por la noche; y también que el domingo volvería pronto por la tarde a Madrid, eso nos dejaba poco espacio de maniobra: la quedada del reencuentro debería producirse el sábado 2.

Había demasiadas cosas que tener en cuenta: mi última visita a Barcelona fue hace 3 años y tenía demasiada gente que ver. No había tiempo para ver a todos. «Volveré pronto», decidí. Y elegí. A la próxima visita, mis amigas de Sabadell y Cerdanyola del Vallès no se librarán de mí.

Visita obligada se merecía mi amiga MC, de la carrera. Además, ella y A se portaron genial conmigo, acogiéndome en su casa. Prometí volver a verles pronto y más tiempo. Ya entenderás por qué.

Primera parada: Esplugues de Llobregat

Sí, quédate con los nombres porque el fin de semana dio mucho de sí y conocí más ciudades barcelonesas que las que conozco en Madrid.

A decir verdad, Esplugues ya lo conocía, pues no es la primera vez que MC y A me acogen en su casa. Esta vez su hospitalidad tuvo aún más mérito si tenemos en cuenta que el día antes habían regresado de un largo viaje y eran víctimas absolutas del jet lag. Llegué a su casa a eso de las 21:30, pedimos unas pizzas, charlamos un rato y nos fuimos a dormir.

Esplugues – Viladecans – El Pont de Vilomara

Al día siguiente había quedado en hablar con mi amiga Laura, que se estaba quedando en Viladecans, para recogerla y poner rumbo a El Pont de Vilomara, donde nos reencontraríamos con Jordi.

«Hablamos cuando despertemos». Lo que no tuve en cuenta es que entre el calor, la humedad y otros factores, a las 8 de la mañana estaría despierta y sin haber dormido ni descansado mucho. Fui avisando a Laura y, siendo consciente de la hora que era, duchándome, desayunando, etc. con toda la calma de la que fui capaz.

A eso de las 11 recogí a Laura en Viladecans y pusimos rumbo a la montaña catalana.

Laura Beli Barcelona

 

En cuanto llegamos y vimos a Jordi y al pequeño N nos dio una alegría tremenda. No me podía creer que después de casi cuatro años estuviéramos reencontrándonos los tres, y conociendo nosotras dos al peque.

To the good oldies

En ese momento, un montón de recuerdos inundaron mi cabeza. Al estar allí los tres sentados, me sentí como hace años, compartiendo una cerveza, una copa o una pizza en cualquier local de Madrid o de Córdoba. Y hablando hasta las tantas de la mañana… son tantos, pero tantísimos buenos recuerdos con estos dos buenos y bonitos a quienes quiero tanto…

Me lo estaba pasando tan bien con el reencuentro que no quería que se acabara nunca, pero sabía que nuestro encuentro tenía fecha de caducidad. Mejor dicho, tenía hora de caducidad.

Jordi nos enseñó su preciosa casa y su no menos precioso estudio de grabación y después nos fuimos él, Laura, N y yo a comer a la plaza. Al rato, vino L para comer con nosotros y, después, los cinco nos dirigimos a Rubí para las pruebas de sonido del… espera, ¿bolo? Sí, sí, no era ni mucho menos lo esencial del viaje, de hecho, fue circunstancial, pero ya había un concierto de por medio.

Rubí – Esplugues – Rubí

La idea después de la prueba de sonido en Rubí era volver a Esplugues. Volver a Esplugues, salir con MC por el centro de Barcelona y quedarme con ella hasta la hora de volver a casa. Pero no. Por varios motivos. A cual más poderoso. La música me estaba empezando a picar, pero aún no lo veía claro. El concierto sería demasiado tarde y yo necesitaba descansar. Acuérdate que llevaba en pie desde las 8 de la mañana. Sin haber dormido nada y conduciendo todo el día.

Otro factor importante fue que Laura no tenía cómo volver a Viladecans después del bolo. Me comprometí a llevarla de vuelta a Viladecans. Pero ¿volver a Esplugues a altas horas de la madrugada? Y ¿molestar a mis amigos con jet lag? Era todo demasiado complicado. Menos mal que Jordi y L encontraron una solución: me quedaría a dormir en su casa. Claro, luego para volver a casa tendría un buen trecho ya hecho. Y también me ahorraba una buena parte del peaje que a la ida me dolió en el alma. Era una oferta muy tentadora. Y, claro, acepté.

Así que, una vez terminada la prueba de sonido, volví a Esplugues para contarle a MC mis planes. Pasamos la tarde hablando, tiradas en el sofá. Las dos estábamos demasiado cansadas como para ir al centro. Hice la maleta, llegó A, me dieron un Colacao con galletas y un café (cómo me cuidan, ¿eh?) y a eso de la 1 de la madrugada puse rumbo de vuelta a Rubí.

Buena música de siempre en directo

Cuando llegué a la plaza Catalunya de Rubí, les di un silbidito a Jordi y Laura para que vinieran a mi encuentro. Y me quedé disfrutando. Disfrutando mucho. Había unos hombres sobre el escenario disfrazados de los Beatles y versionando sus canciones. ¡Qué bonito homenaje! Vale que no eran los mejores que he visto, pero a mí la música de mis Fab Four me llega al alma sea como sea.

Y ahí estaba yo, espabilada de un plumazo, cantando alegremente todas las canciones. Help!I should have known betterNowhere manIf I fell… Hubo muchos recuerdos ahí también.

Los que imitaban a los cuatro de Liverpool terminaron su actuación con Hey Jude y toda la plaza coreando el «Nah, nah, nah, nah, nah…» final. Claro, nada que ver con el concierto de Paul McCartney, el mejor de mi vida, pero moló. Mucho. Aunque Laura me mirara raro.

Justo después, les tocaría el turno a Super Gang Versions, grupo con el que tocaba nuestro querido Jordi. Nos sorprendió mucho (a pesar de que estábamos en su casa) ver a Serginho Moreira (tiempos malditos…). Y, claro, nos acercamos a saludar. Él también se sorprendió mucho de vernos allí. Fue todo muy surrealista. Demasiado pasado hecho presente. Buenos recuerdos.

El turno de Jordi

Le dije a Laura que haríamos acto de presencia durante las primeras canciones del concierto. Nuestra idea era ir después a tomar algo y volver para el final del espectáculo. Sin embargo, nos hizo tanta ilusión volver a ver a Jordi sobre un escenario y disfrutamos tanto de los grandes clásicos que sonaron aquella noche que no pudimos movernos de ese lado de la valla. Lado Jordi, claro está.

 

 

Puedes ver aquí algunas de las canciones de aquella noche y vivir un poquito lo mucho que disfrutamos.

Rubí – Viladecans – El Pont de Vilomara

Después del concierto y la nostalgia asomando por cada poro de mi piel, aún me quedaba carretera que recorrer. Media hora hasta Viladecans y despedida de Laurita. No fue todo lo emotiva que me habría gustado, pero a eso de las 7 de la mañana ya no era persona. Y sólo de pensar en el trecho que aún me quedaba hasta casa de Jordi… No sé si te acuerdas, pero llevaba casi 24 horas despierta.

A eso de las 7:45 estaba, maleta incluida, plantada en la puerta de su casa. Y el pobre Beli Barcelona pequeño ayudante NJordi, esperándome despierto. Dormí cuatro horas y media, pero no dormí: me desmayé. Y el domingo ya estaba fresca como una lechuga.

Después de despedirme de L, jugar con el pequeño N, cargar mi coche (tuve un ayudante muy especial que no me dejó coger mi maleta), Jordi, el pequeño ayudante N y yo nos fuimos a comer. Tomamos el café y llegó el momento de la despedida final, tras la cual tocaría volver a casa. Sabía que ese momento llegaría y aun así, me costó bastante, pero ya tendría tiempo de poner todas mis emociones en orden durante el viaje de vuelta. Muchas despedidas para tan poco tiempo.

 

Vuelta a casa

Pues sí. Ya sabrás que me encanta conducir. Encuentro pocas cosas más relajantes. Y, claro, tuve un largo trayecto para hacerlo, además de pensar en mis cosas.

Saco varias conclusiones. Para empezar, que fue un viaje corto, pero intenso. Estuvo lleno de emociones, todas positivas. Me alegró comprobar que la verdadera amistad no entiende de distancias ni de tiempos, que mis buenos y bonitos están ahí siempre, aunque sea en otras partes del mundo. Que una simple llamada basta para reencontrarnos. Que espero que no pasen cuatro años hasta la próxima. Porque quiero mucho, muchísimo, a estos cabrones. Y que me dan la vida.

 

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