Mi vida de gira

Un lunes cualquiera

Ayer fui a trabajar y parecía un lunes cualquiera. Durante la comida, mis compañeros conversaron animadamente sobre lo que habían hecho este fin de semana, como cualquier otro lunes. Yo, sin embargo, no podía ni puedo aún dejar de pensar en lo que ha pasado este fin de semana. El domingo más triste. Pero supongo que no formaba parte de las conversaciones animadas de fin de semana de un lunes cualquiera.

Parecía que fuera yo la que estaba en una burbuja mientras el resto de la gente seguía con su vida normal de un lunes cualquiera. No les culpo, pero para mí no fue un lunes cualquiera y nunca más lo será. Siempre lo recordaré como el día después a cuando perdí lo poco que me quedaba de confianza en nuestra democracia. Y fue a fuerza de imágenes.

No se me quita de la cabeza todo lo que he visto estos días de Catalunya. Ni del corazón. Quiero pensar que mis compañeros no vieron cómo le causaban lesiones en la mano a una chica mientras la arrastraban por una escalera. O abriéndose paso, tirando a la gente escaleras abajo y dando patadas (alguna que ni Bisbal). Igual no han visto a ancianos con la cabeza ensangrentada. O a un hombre en el suelo con un ataque de pánico. O a agentes de la GC fuera de servicio y sin uniforme cargando contra quienes se concentraron para protestar contra la violencia policial. O… creo que no hace falta que siga.

Y todo contra personas que se manifestaban pacíficamente, que simplemente querían expresarse ante una urna. Referéndum ilegal, no vinculante, ilegítimo, no válido, protesta ciudadana o como se lo quiera llamar; pero expresión pacífica en definitiva.

El 1 de octubre vimos un ataque brutal y desproporcionado, orquestado por el estado español: un cobarde gobierno del PP con el apoyo de Ciudadanos, tácito; el del PSOE, con su tibia «condena»; y el del jefe del Estado, con su silencio.

Ayer y anteayer la prensa internacional se hizo eco de la violencia de la policía española y, mientras tanto, la prensa local parece que vive en otro mundo, que le compra el relato al Gobierno, cuyo presidente se empeñó en dejar claro que España fue «un ejemplo para el mundo». Un ejemplo de vergüenza, señor Rajoy. Y todavía se llena la boca con que los antidemócratas y los que violaron derechos fundamentales fueron otros.

Confieso que lloré viendo algunas de las imágenes que mostraban la brutalidad policial. Me duele el corazón cada vez que las veo. El domingo me sentí catalana. Y ayer. Y hoy. Siempre.

También me sentí orgullosa de la gente que se solidarizó manifestándose en plazas de varias ciudades españolas, con cánticos como «Madrid está con el pueblo catalán», en el caso de la capital. Ésa es la España que quiero ver siempre y no la del «a por ellos».

Reconozco que me emocioné al ver vídeos de las concentraciones y, aunque no pude ir, toda mi alma estuvo en Sol. Y, por descontado, en Catalunya.

Afortunadamente, los catalanes pudieron comprobar que no todos les odiamos y que, de hecho, hay muchos que nos sentimos más cerca de ellos que de nuestra clase gobernante. Me incluyo.

A pesar de eso, no puedo sino disculparme con todos los catalanes por lo que les hizo este estado. Ni lo apruebo, ni me representan, ni les voté; pero como madrileña les pido disculpas, ya que el Estado no lo hará.

El domingo los catalanes nos dieron una lección a todos. Una lección de democracia, de paz, de valentía y de dignidad. Los miopes y prejuiciosos no lo verán, pero su organización ciudadana y su resistencia pacífica sí que fueron un ejemplo para el mundo. Y uno de los buenos.

En los últimos meses del procés (desde que me informo y hablo de ello) me he declarado no independentista a favor del derecho a decidir de los catalanes. En un referéndum bien montado, todo sea dicho.

Sin embargo, cada día que pasa, especialmente los últimos días, soy más independentista. Tengo dudas, claro, y derecho a cambiar de opinión. Yo también me quiero independizar de un gobierno que viola derechos fundamentales y roba, de una oposición que consiente, de un jefe de Estado que calla y de unos agitadores sociales que piden violencia. Yo también me quiero independizar de todo eso. Pero no sé cómo hacerlo.

Lo que sí sé es que ya no habrá ni un sólo lunes cualquiera.

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