Mi vida de gira

Más mariposas que tortugas

Estoy segura de que muchas «tortugas» se sentirán identificadas conmigo al leer que tengo mucho que agradecer a Maldita Nerea. Hasta ahora, me he limitado a hacer crónicas de conciertos y algunas veces, incluso, sin demasiadas ganas. Y aunque hayan sido redactadas con un estilo muy personal, paradójicamente, tengo la sensación de que lo he relatado todo de una manera bastante descriptiva. Me habría gustado ver más «corazón» en mis escritos. 

Maldita Nerea en Calamocha (Teruel)

 

Hace poco conté que me estaba planteando publicar un post más nostálgico sobre el «maldito fin de gira». Pues no. Finalmente, he desechado esa idea y la he sustituido por lo que tienes ante tus ojos: estas líneas pretenden constituir mi humilde homenaje a un grupo de música y también de personas que me han dado mucho, especialmente en los últimos años. Aparte de no resultar repetitiva con los últimos conciertos hasta el momento de la banda en España, otra ventaja de haberme quedado con esta última idea es llevar a cabo una reflexión global de lo que ha significado para mí. Esto lo quería hacer desde hace mucho tiempo, aun cuando aún no había acabado la gira. Por lo tanto, puedo afirmar y afirmo que ésta es mi conclusión definitiva.

Recuerdos bonitos que vienen, que vuelan. ¡Gracias, Maldita Nerea!

Aunque conozco la música de Maldita Nerea desde 2007 y la escucho habitualmente desde 2009, no me he considerado «tortuga» hasta que no empecé a ir de conciertos en 2011. De estos casi dos años conservo una gran cantidad de recuerdos, algunos tan especiales que sé que nunca los voy a olvidar. Jamás.

Es curioso, pero cada vez que escucho Loco, de Funambulista, me transporto mentalmente a mis primeros conciertos y casi puedo volver a sentir el olor de aquellas noches de verano —o de primavera creyéndose verano—. Si la canción que suena es Señorita Rock ‘n’ Roll, entonces me acuerdo de Diego describiendo la típica escena americana donde el pequeño Timmy montaba su triciclo por los jardines de Beverly Hills o Michael —no recuerdo si McConaughey o McCallahan— le robaba las llaves del Cadillac a su padre para ir a ver a Jennifer y tirar piedras contra su ventana… Es tremendo, se me ponen los pelos de punta. Cierro los ojos y es como si estuviera allí otra vez, descubriendo un grupo de música maravilloso cuando iba a ver a otro. Y es que en esas lejanas noches, donde todo era nuevo, la ilusión jugaba un papel muy importante. Era una época, sin lugar a dudas, más de mariposas que de tortugas.

Llegó el otoño y trajo consigo mi último concierto al aire libre por algo más de diez meses. 30 de septiembre. Las Rozas de Madrid, «en casa». Fue mi regalo de cumpleaños con seis días de adelanto, mi primera prueba de sonido, un «querida» y un abrazo entrañables y la certeza de haber entrado en octubre, mi mes, de la mejor manera posible. Fue inolvidable.

Maldita Nerea en Londres

No estaba dispuesta a renunciar a esa válvula de escape, a esa felicidad de tantas sensaciones, sentimientos y emociones concentrados en unas pocas horas. Así que le planté cara a mis miedos y empecé a salir «de gira». El primer reto fue Londres. Puedo afirmar con orgullo que estuve en el primer concierto internacional de Maldita Nerea, aunque me sentí como en casa. El frío me jugó una mala pasada, pero no impidió que disfrutara como pocas veces en mi vida. Sabíamos que era una noche mágica y, efectivamente, lo fue. Me volví a casa con otro regalo maravilloso: el concierto que tendría lugar una semana más tarde en Cáceres. Fue en la ciudad extremeña, casi terminando octubre, donde pude conocer un poco mejor al mayor —aunque no único— responsable de que todo aquello estuviera siendo posible, al gran artífice de esta historia. Si bien Jorge y yo ya habíamos hablado unas cuantas veces, la de aquella noche fue una conversación muy trascendente y me marcó especialmente. Aún me emociona abrir mi ejemplar destrozado de Fácil y leer esas palabras bonitas agradeciendo las mías. Si pudieras verme ahora mismo, estoy segura de que percibirías un brillo especial en mis ojos.

Mucha gente me preguntaba si no me cansaba de ver siempre lo mismo, las mismas canciones, los mismos comentarios… Me comprendes, ¿verdad? Pero un concierto de Maldita Nerea no es eso, un concierto de Maldita Nerea es mucho más; entre otras cosas, es una conversación. Para mí, un concierto de Maldita Nerea ha sido, por ejemplo:

Quedarme prácticamente sin voz por pedir gritando, al principio, Kantamelade y Con trocitos; luego, Se está haciendo tarde y Verso acabado. Punto.; y siempre, Por el miedo a equivocarnos y Tu mirada me hace grande

…Llorar con Adiós en Las Rozas, con El error y El último día en Madrid y con Seis en el Palau Sant Jordi; sufrir de hacinamiento con El secreto de las tortugas, volverme loca con Supelícula y sorprenderme con Bienvenido a nuestro clan y Mi rey y yo; tener ganas de bailar —y, alguna vez, haberlo hecho— con La raya, Piedra, papel o tijera, Fácil, Hace tiempo que dices o El inventario; también de saltar, con No queda nadie, Abrí los ojos, Después de todos estos años y La respuesta no es la huida; de gritar, con Ninguno de dos y Sobraron precipicios; de soñar, con Que no es verdad y Hecho con tus sueños; de jugar, con Cosas que suenan a… y Con lo que nos hemos dado; y de vivir, con ¿No podíamos ser agua?; pero, sobre todo, emocionarme hasta las lágrimas con En el mundo genial de las cosas que dices.

Son recuerdos preciosos. Se me pasan por la mente algunos más: Serginho tirándome una baqueta ante la ausencia de miembros de Seguridad en el foso —que, al final, me quitó una niña—; Jorge reprimiendo un ataque de risa que le había contagiado yo durante la primera parte de Tu mirada me hace grande; Jordi pasando a mi espalda por un pasillo, aprovechando el momento para despeinarme sin ser visto; Jorge leyendo una frase subrayada por mí en un libro que le regalé, mientras yo vertía agua en un café para enfriarlo; la coordinación de Pedro y Luis para tirarme una botella de agua cuando yo estaba sufriendo un terrible ataque de tos, Jorge haciéndome burla y, finalmente, la certera puntería de Serginho, que puso fin al mal momento y a mi sed; combinar cervezas con churrinches el día del rodaje de Hecho con tus sueños; paseos por Madrid en buena compañía; el último abrazo con Mato; las risas con Tato el último día, nosotras vacilándole y él llamándonos «brujas»; las largas conversaciones con Jordi; las noches que acaban en día, como aquella última noche que terminó en un McDonald’s a las 8 de la mañana…

No son las únicas memorias que conservo ni mucho menos, pero tampoco se trata de escribir un texto tan largo como «infumable», aunque me temo que está empezando a serlo. Ahora me estoy acordando de cuando Jorge me «castigó» en Granada y me mandó levantarme y sentarme en un banco al otro lado de la habitación donde estábamos, pues decía que le distraía al road manager. Todo fue porque Lolo me iba enseñando fotos de su hijo entre grupo y grupo de chicos y chicas que entraban al backstage.

Sí, he vivido momentos estupendos con estos chicos y tantas otras personas que no
he nombrado, de las que también guardo un recuerdo muy grato y a las que tengo mucho que agradecer: Ray, a quien tengo y siempre tendré un especial cariño; Amparo, Tomi, Shaggi, Maxi, Dani, Sinu, Miguel, Patri, Emilio, Rigall, Javi, JT, Palazón, Ángeles, Anitta, Jorge Luengo… En fin, son muchísimos todos los que han hecho posible que se pueda vivir la magia maldita y estoy convencida de que me estoy dejando a unos cuantos, bien porque no los conozca, bien porque me esté olvidando de nombrarlos —en ese caso, les pido perdón—. Por supuesto, en esta lista no pueden faltar los «Funambulistas», que precedieron la actuación de los «Nereos» durante casi toda la «Gira Fácil» —2011—; los «Lagartos», cuya música conocí gracias a que compartieron escenario con Maldita Nerea en Santiago de Compostela; ni los «Pasillos», con los que también pasamos un buen rato la última noche.

Sin desmerecer todo lo anterior, me quedo, sin duda, con lo intangible, lo inenarrable, lo que no se puede ver ni contar: la complicidad casi palpable en cada mirada, cada guiño, cada sonrisa; en tantas conversaciones, confidencias, carcajadas y lágrimas; el cariño de existencia obligada para hacer daño por no hacer daño, para disfrazar la ayuda de abandono; la magia de cada abrazo y el sentido verdadero de las palabras que quieren ser no tanto entendidas como sentidas. Son cosas que no son cosas y que han dejado una marca indeleble en mi memoria y otra, aún más profunda, en mi corazón.

La tortugas que alegraron mi camino

Tienen una importancia crucial en mi relato —que no es sino una pequeña representación de mí misma— todas las personas que he conocido a lo largo de este tiempo, sin las que de verdad todo esto no habría existido: Paula, María, Laura, Car, Juanan, María José, Aroa, Carol, Ali, Andrea, Luli —Cach—, Lara, Eva y Elena. Creo que están todas las «tortugas» que he ido conociendo personalmente a lo largo de todos mis conciertos —si me olvidara de alguna, espero sepa disculparme—. Aunque también hay algunas que no tengo el gusto de conocer personalmente, pero que ojalá pueda hacerlo algún día —aquí no me voy a detener, pues no acabaría nunca, pero ¡están en mi corazón, igualmente, por el hecho de ser «malditos» y «malditas»!—. Es genial la sensación de descubrir hasta qué punto se puede compartir una afición; tanto que, en algunos casos, nace una hermosa amistad. Yo siempre he dicho que el tiempo lo demuestra todo, pero, con estas personas, muchas veces basta con una experiencia tan emocionante vivida conjuntamente, que es mucho más vinculante que años de quedadas con conversaciones intrascendentes, por poner un ejemplo.

Al final, lo más importante que tenemos en nuestra vida son las personas que forman parte de ella, nuestros afectos. Yo puedo aseverar, afortunadamente, que de todo esto me llevo un buen puñado. Algunos quedarán y otros no, la vida es así. Lo que es seguro es que todos ellos ya son parte de mí, aunque
no estén el día de mañana
. Por el si
mple hecho de haber estado en un momento determinado, ya merece la pena haber vivido esas experiencias con ellos, pues, como dice el gran Gabriel García Márquez: «No llores porque ya se terminó, sonríe porque sucedió». Yo hoy sonrío y le doy gracias a la vida porque me haya permitido vivir algo tan mágico y positivo, tan lleno de ella.

Por último, quiero darte las gracias por leer, de corazón, pues la vocación de publicar todas estas palabras es que sean leídas por alguien. Y que hayas llegado hasta aquí tiene aún más mérito. Ojalá mis textos sean de tu agrado, sería mi mayor regalo. Cualquier comentario que quieras hacer, puedes realizarlo a través de este mismo blog —al final de cada post—, por Twitter, Facebook o por cualquier otra vía de comunicación. ¡Estaré encantada de recibir tus mensajes! Muchísimas gracias, de verdad.

Nos vemos on the road… haciendo recuerdos.

2 Comentarios

  1. 11 abril, 2013    

    Sin palabras. Creo que ya lo has dicho todo. Cada vez que leo algo tuyo acabo con ganas de llorar dando saltitos cual loca de la cabeza.
    Espero que ese 'también hay algunas que no tengo el gusto de conocer personalmente' se acabe pronto conmigo aunque eso supone que morirías espachurrada.. jajajaja.
    No dejes de escribir, por favor.
    Te quiero muuucho.

    • 11 abril, 2013    

      Muchas gracias, Meri, tus comentarios siempre tan directos al corazón. Espero que nos conozcamos pronto. Yo también te quiero mucho. Un abrazo enorme. =)

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