Mi vida de gira

Marino vuelve y vuelve a emocionarnos en Galileo Galilei

Marino volvió, después de muchos meses, a dar un concierto propio. El encuentro, más emocionante que nunca, tuvo lugar en la sala Galileo Galilei de Madrid el pasado sábado 30 de enero de 2016, su primer concierto del año y el primero en muchos meses.

Marino Sáiz en Galileo Galilei

Por fin volvió Marino

Tenía muchas ganas de volver a ver a Marino en directo y casi había olvidado lo emocionante que era, en el sentido más estricto de la palabra. El último concierto lo dio el pasado mes de julio de 2015 y yo no pude ir porque tenía clase (acuérdate del famoso master). Y salía a las 22h. Pero pensaba ir. Tenía la entrada en la cartera. Pero cuando salí de clase, me di cuenta de que en plenas fiestas del Orgullo iba a ser imposible meter el coche en Chueca y si ya llegaba con el concierto más que empezado saliendo a las 22h de clase y tenía que buscar un parking lejano… olvídate. Así que deseché la idea. Aún tengo aquella entrada adornando mi cartera.

La última vez que vi a Marino en directo en un concierto propio fue el 29 de abril de 2015 en Galileo Galilei. Aquel día, creo recordar que miércoles, también tenía clase, pero era un concierto muy especial para Marino, ya que era la víspera de su cumpleaños y no me lo pensaba perder por nada del mundo. Por aquel entonces los días eran muy duros para mí y después del concierto, felicitar a Marino y pasar un breve rato con él en los primeros minutos de su cumpleaños, me estaba quedando literalmente dormida en el camerino de la sala Galileo. Pero Marino merece todos esos esfuerzos y más.

Por tanto, hacía «un embarazo» que no veía a Marino en directo y más de un año en un concierto íntegro (llegué con el concierto empezado al de abril). Claro, en cuanto me enteré de que iba a estar el 30 de enero en casa, la Galileo, no lo dudé un minuto y compré mi entrada.

Entre medias pasaron cosas que me hicieron presentir que iba a ser un concierto muy especial y emotivo. Me refiero, básicamente, al fallecimiento de Andrés Demian Lewin el pasado 5 de enero y a la entrada en vigor de la ley que permite la entrada de menores de edad a los conciertos en las salas madrileñas.

No me equivocaba: lo fue. Maravilloso, especial, emotivo y precioso.

Marino Sáiz vuelve a emocionarnos en Galileo Galilei

El concierto dio comienzo, aunque no había nadie sobre el escenario. Después supimos que la música que sonaba, con las luces ya apagadas de la sala, fue La espera, una composición con la que Marino decidió abrir el concierto.

Después de aquello, Alejandro Martínez y Sergio Delgado salieron a escena y se ubicaron cada uno a un lado del escenario, a sendos pianos, y comenzaron a tocar los primeros acordes de Apocalipsis, pieza instrumental del protagonista de la noche que forma parte de su primer, y único hasta la fecha, disco de estudio, Tripolar.

La salida de Marino al escenario no se hizo esperar y, con su americana blanca y su violín eléctrico al hombro, nos deleitó con dicha composición, que más que el final, anunciaba, por el contrario, el inicio de algo hermoso, de un concierto lleno de magia y belleza.

 

 

Volvimos a disfrutar de Vuelvo a ser uno, que yo no lo hacía desde hacía más de un año, no sé si porque llegué tarde al concierto de su cumpleaños o, sencillamente, porque aquel día no la tocó; una canción preciosa que no está recogida en su disco, Tripolar.

Una vez pasados los nervios del principio, Marino dio uno de sus discursos entre canciones, con el que ya supo sacarnos alguna que otra carcajada. Principalmente, hizo mención a los menores que habían acudido a su concierto, en su mayoría alumnos suyos, que más adelante dejarían constancia del buen profesor que tienen.

Marino, Alejandro y Sergio nos sorprendieron con Lunas distintas. «Para que os desgañitéis», dijo Marino. Y vaya si lo hicimos. Sobre todo F, que la vivió especialmente, ya que su amigo Andrés Suárez colabora cantándola con Marino en el disco de éste. Con G llegó una de las imprescindibles y uno de los «momentos Teresa Rabal» del concierto, donde Marino afirmaba, especialmente por la presencia de tantos infantes, que no odia a nadie, a pesar de la letra de la canción. Y, como de costumbre, nos hizo partícipes durante el estribillo de la misma.

Con Donde viaja el mes de agosto me puse un poco nostálgica y recordé mi primer concierto de Marino, en 1 de julio de 2013. Sé que llegué un poco tarde, que antes de eso ya hubo dos «Marino y amigos» y un concierto suyo en solitario, pero nunca es tarde si la dicha es buena, dicen. Y, desde entonces, creo que sólo he fallado a un concierto suyo en la capital y fue por causas de fuerza mayor.

Por cierto, ayer fue el cuarto aniversario de la primera vez que vi a Marino sobre un escenario. Maldito día (por otros motivos) y bendita noche.

Después de aquel momento tan bonito, Marino volvió a hacernos estallar en carcajadas, contándonos sus cuatro viajes en avión para tocar con Andrés Suárez en México. Con lágrimas de reír hasta llorar, comenzó La alfombra negra.

Y así llegó el primero de los muchos y muy emotivos momentos del concierto: Marino habló brevemente, para no emocionarse antes de tiempo, de su amigo, colega, productor y casi padrino de escenarios, Andrés Demian Lewin, que se nos fue el pasado 5 de enero. Quiso rendirle homenaje y, aunque luego diría que el concierto se lo dedicaba íntegramente a él, éste se hizo más evidente (el homenaje) cuando interpretó una de sus canciones, Vuela. Fue, sin duda, un momento que me puso un nudo en la garganta y me sacó las primeras lágrimas de la noche (y no de risa). Supongo que no fui la única, las primeras de muchas aquella noche. Casi había olvidado la capacidad que tiene Marino de emocionarme tan profundamente.

Otra de las sorpresas de la noche vino con Sin mí, un tema nuevo y precioso que mi querido amigo presentó aquella noche de sábado en Galileo Galilei. Insertaría en este post un vídeo por cada canción del concierto, pues estuvo repleto de sensaciones dignas de revivir una y otra vez volviendo a ver los vídeos, aunque nunca sea lo mismo que haberlo vivido en directo. Al final del post y como de costumbre, compartiré un enlace con la lista de reproducción con todos los vídeos del concierto, que fue tan mágico, único, irrepetible.

Llegó un momento más emotivo, si cabe, y también sorpresivo, pues cuando Marino dijo «Mecano», yo pensé en Mujer contra mujer, que es la que siempre suele tocar de ese grupo en sus conciertos. Pero no. Esta vez fue Me cuesta tanto olvidarte y mis ojos se volvieron a llenar de lágrimas, si es que acaso se habían secado. Es tan bonita esa canción, me llega tan hondo y quedó un momento tan hermoso aquella noche con tantas voces cantándola… Lo siento, no puedo evitarlo:

 

 

Y como Marino es el rey de las montañas rusas emocionales, nos llenó las bocas de risas y las caras de felicidad cantando El ciclo de la vida, de la banda sonora en español de El Rey León, mi película favorita de Disney de mi infancia, junto con Aladdin (años más tarde vendría Toy Story). Fue una versión muy sui generis, he de decir, pues como al protagonista de la noche le hacía mucha ilusión que su nombre apareciera en la canción, acabamos todos coreando “If you wanna be Marino Sáiz” (si quieres ser Marino Sáiz) mientras él hacía los sonidos de los animales que iban apareciendo al inicio de la canción. Repetimos el experimento hacia la mitad de la misma. Fue un momento muy divertido y también lleno de nostalgia.

Entonces, Sergio Delgado a uno de los pianos, Alejandro Martínez al acordeón, Marino Sáiz al violín y el público a las palmas interpretamos una versión instrumental de Tripolar, la canción que le da nombre al disco.

Y para volver a tocarme el alma, llegó el penúltimo momento (doble) pasado por lágrimas de la noche, al menos para mí. Mira que yo soy muy sensible y no ha sido la primera ni la segunda vez que he llorado en un concierto, pero lo que sí es cierto es que es la vez que más he llorado durante uno. Y me encanta que Marino sea capaz de emocionarme tanto, la verdad. Esta vez el llanto me duró dos canciones enteras: Los espejos nunca mienten y Tengo miedo. ¿Qué decir de tan maravillosas canciones? Nada que no digan ya por sí solas. Ambas me evocaron montón de recuerdos, de imágenes, de emociones muy fuertes… y de cariño y empatía para con mi amigo. Era inevitable que se tradujeran en lágrimas.

 

 

Contando con la presencia de tantos niños en la sala aquella noche, era de esperar (aunque para mí fue una sorpresa) que el medley de bandas sonoras a violín que suele hacer Marino, esta vez acompañado por Alejandro Martínez al piano, fuera de canciones de películas infantiles. Y así fue. Frozen, Aladdin, Star Wars, El mago de Oz y Mary Poppins tuvieron cabida en los seis minutos y medio de magia en que todos volvimos a ser niños. O quizás algunos nunca dejamos de serlos.

Y por si no había llorado ya suficiente, Marino volvió a hacer mención a su amigo Lewin, le dedicó unas palabras llenas de emoción mientras nos invitaba a asistir al homenaje que le van a rendir el 16 de marzo en la misma Galileo Galilei (para el que ya tengo la entrada desde el día en que salieron a la venta) y cantó Este fin, una canción que Andrés, que Demian le hizo a su madre. Bellísima y, en la línea del concierto, muy emotiva. Decir que lloré es quedarme corta. Mi llanto se hizo aún mayor al ver la emoción de Marino al cantar, que al final sacó toda su preciosa voz y le rindió un hermoso homenaje a Andrés Demian Lewin, que en paz descanse. Estoy segura de que le pudo escuchar, desde dondequiera que esté. Y me atrevo a decir que sonrió. No pude evitar que al principio y al final de la canción mi llanto se convirtiera en sonido y, aunque parezca que me estoy riendo, nada más lejos; estaba, en realidad, intentando contener las lágrimas. Pero no pude contener la emoción y la tristeza golpeando tan dentro de mí, queriendo salir tan afuera, y ambas decidieron escaparse, además de por mis ojos, también por mi garganta.

 

 

En la recta final del concierto consiguieron levantarnos el ánimo y volver a vestirnos las caras de sonrisas, con ¿Y ahora qué? (que yo diría «Y ahora, ¿qué?»), una de las canciones más bonitas del disco en el sentido más firme de la palabra, que diría Marino, y La farola, con la que además del ánimo, levantamos nuestros cuerpos de las sillas y sillones para terminar el concierto en pie. No me podía creer que ya se hubiera terminado. Se me había hecho tan corto… Aún tenía las carcajadas con las lágrimas mezcladas, aún tenía la emoción en el pecho, el nudo en la garganta, la tristeza en los ojos, el amor en el alma. Aún tenía un remolino de sensaciones en todo el cuerpo, los pelos de punta y las ganas de abrazar a Marino como siempre lo hago, pero como nunca lo había hecho. Porque con Marino cada abrazo es sincero, lleno de amor y cariño, transmisor de energía. Pero, también, con Marino cada abrazo es distinto. Yo me declaro adicta a sus abrazos.

Por último y como ya es tradición en sus conciertos, sacó su violín acústico, se subió a una de las mesas de la sala e improvisó unos minutos más de música, para deleite de nuestros oídos.

 

Fue un concierto precioso que siempre, siempre recordaré. Si quieres, puedes hacerte una idea haciendo clic aquí.

 

Gracias, Marino, por hacerme sentir tanto, por hacerme sentir tan viva.

Te quiero.

 

2 Comentarios

  1. Uno Más Uno Más
    12 febrero, 2016    

    Qué bonito lo que escribes. Cuanto me gustaría poder asistir a un concierto como este que describes lleno de tantas emociones.

    ¡Gracias por escribirlo y compartirlo!

    • 12 febrero, 2016    

      ¡Muchas gracias a ti por leerlo! La verdad es que fue muy emocionante… Ojalá puedas asistir a uno así pronto. ¡Un saludo!

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