Mi vida de gira

El morreo

El otro día estuve en un concierto, pero no es esto lo que hoy vengo a contar. Tal vez sea un concierto del que ya he hecho crónica, quizás aún tenga que escribirla. Sin embargo, el tema que hoy tengo que tratar es bien distinto. ¿Nunca te ha pasado que observas a una o varias personas y te montas una película sobre su vida? Pues esa película es la que hoy vengo a contarte. La he titulado «El morreo».

El morreo

 

Filtros juiciosos

Estaba disfrutando del concierto, pero algo llamó mi atención. Delante de mí, estaban sentados un chico y una chica, una pareja a mi juicio. Llegué a esta conclusión por el comportamiento de ella, he de decir.

Nada más sentarse, ella, pongamos Marta, arrastró su silla para estar más cerca de, pongamos, Alberto. Enseguida empezó el espectáculo. No, no me refiero al que estaba sobre el escenario, que ya llevaba un rato entreteniéndonos.

Marta posó su mano izquierda sobre el hombro de Alberto y apoyó su cabeza sobre el hombro derecho de éste. «¡Qué tiernos!», pensé.

No les presté mucha más atención, me dediqué a disfrutar de la música. Pero, al rato, Marta y Alberto volvieron, inevitablemente, a llamar mi atención. Marta no dejaba de darle besos en la mejilla a Alberto, buscando su cara. Él, en cambio, permanecía impasible, con su mirada fija en el escenario, como si las caricias no fueran con él.

La película

Y mi mente empezó a divagar. Tal vez, su relación estaba pendiendo de un hilo, pensé. Y Marta, aún demasiado enamorada para rendirse al desgaste, decidió darle una sorpresa, llevarle a disfrutar de un plan distinto.

Entonces, Marta se enteró de que en los próximos días y cerca de casa, daría un concierto el artista de su canción, canción con la que se habían enamorado años atrás. Y pensó que, escuchándola juntos y en directo, se disiparían todas las dudas que habían empañado su relación, como por arte de magia. El plan no parecía que le estuviera saliendo muy bien.

De pronto, cuando Marta más cariñosa estaba, Alberto se levantó de un salto y echó a andar en dirección contraria al escenario. Iría al servicio, pensé, y seguro que también fue el triste consuelo de Marta. Pero la sombra de la duda de que en realidad estuviera huyendo de sus brazos, flotaba como una nube negra sobre mi empatía con ella.

Mi diálogo con Marta

Me habría encantado decirle que le dejara en paz, que ya no había nada que hacer. Que no perdiera su energía y su cariño en quien, parecía, no lo apreciaba. Y que, en definitiva, no la merecía. Estaba deseando decirle que dejara de perder el tiempo y de hacérselo perder a Alberto. Que se quisiera más y que buscara a alguien receptivo de sus caricias y que también quisiera hacérselas a ella. Y que no regalara su amor a quien no lo quería. Que no se pusiera de alfombra para que no la pisen.

Me habría gustado decirle tantas cosas… pero qué fácil es ver las cosas en otras realidades.

Cuando Alberto volvió, separó su silla de la de Marta para poder sentarse y así quedaron, visiblemente más separados. Entonces, Marta volvió a arrastrar su silla para juntarla a la de Alberto y volvió a propinarle una batería de besos y caricias.

Entonces, también sentí empatía con Alberto. Y, oye, cuando quieres que te dejen en paz, qué agobio que te estén tocando todo el rato, ¿no? «Pero a ver, chica, déjale, ¿no ves que no quiere? ¿Que está disfrutando del concierto?».

El morreo

Sin embargo, un rato después, Marta y Alberto, más bien éste último, me dejaron boquiabierta. Alberto giró la cara hacia Marta y le pegó un morreo (el morreo) de película. Y vaya con el morreo.

«¿Y esto a qué viene ahora, Alberto?», pensaba yo. Me había desmontado toda mi película en cuestión de segundos. Y como si nada de lo anterior hubiera pasado o, lo que es más probable, mis filtros juiciosos se hubieran equivocado, él empezó a estar mucho más cariñoso con Marta.

De hecho, hasta le puso la mano donde la espalda pierde su casto nombre. Y no es que me vaya a escandalizar a estas alturas de la vida, pero el morreo estuvo seguido por otros tantos y así estuvieron hasta el final del concierto. Y Marta encantada, claro.

«Vale, chicos, me parece genial que hayáis hecho las paces sin mediar palabra, pero la pasión desmedida la podéis dejar para luego, ¿no?». Y es que, claro, se estaban haciendo los protagonistas del concierto con tantos arrumacos. Y, ojo, que a mí me parece genial que la gente se quiera y se lo demuestre en público, pero la delgada línea entre eso y el exhibicionismo es casi imperceptible.

Aunque, en el fondo de mi corazón, yo me alegré mucho por Marta y Alberto, aunque se llamaran Candela y Luis o vete-tú-a-saber-cómo.

Y aunque mi película no fuera más que eso y no hubiera ningún problema entre ellos en primera instancia, yo prefiero pensar que la magia de la música surtió su efecto e hizo que renaciera la magia en la relación de Marta y Alberto.

Brindo por ellos. Ojalá que, estén donde estén, sean muy felices.

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