Mi vida de gira

Andrés Suárez en el Náutico, parte I: acústico

Después de haberme pronunciado respecto al dilema entre las dos modalidades actuales de conciertos de Andrés Suárez, en acústico o con el bandón, el pasado lunes, hoy retomo las crónicas de mis vacaciones musicales para contarte los conciertos de Andrés Suárez en el Náutico.

Andrés Suárez en acústico en el Náutico

 

Por fin toca escribir sobre mi experiencia en los dos conciertos que dio Andrés Suárez en el Náutico de San Vicente do Mar (O Grove, Pontevedra) los pasados 19 y 20 de agosto, presentando su último trabajo discográfico, Mi Pequeña Historia. En este post convergen una segunda y una primera parte. Por un lado, es la segunda parte de aquél en el que contaba la primera parte de mis vacaciones en el norte, que empezaron con un genial concierto del gallego en Gijón. Por otro lado, es la primera parte de los conciertos de Andrés Suárez en el Náutico. Hoy hablaré del concierto acústico.

 

19 de agosto: Andrés Suárez en acústico

El primero de ellos fue el 19 de agosto en acústico. Andrés Suárez apareció en escena con su guitarra a eso de las 20:20h. Sin duda, fue para mí un concierto diferente. El sol todavía reinaba en San Vicente do Mar y estábamos a pie de playa, lo que parecía prometer una noche muy especial, aunque aún quedaba un buen rato para anochecer.

La gente que estaba disfrutando de los últimos baños del día comenzó a acercarse a la valla que delimitaba el recinto para disfrutar del concierto del de Ferrol, a quien le bastaron unos segundos para meterse al público en el bolsillo, al de dentro y al de fuera, con su coreada Vuelve, perteneciente a su anterior disco, Moraima. Personalmente, no le veía abrir un concierto con esta canción (tan bonita) desde el pasado 20 de noviembre de 2014 en el Círculo de Arte de Toledo, así que fue una grata sorpresa.

 

 

Una vez roto el hielo, Andrés Suárez continuó con Así fue, que si bien la había disfrutado recientemente en el anterior concierto acústico en el que estuve, el pasado 25 de junio en Galileo Galilei, es una canción que me encanta y que siempre disfruto mucho en directo.

La tercera canción de la noche, y digo noche por la hora, porque la luz que nos acompañaba bien nos dejaría bautizar el encuentro como «tarde playera de concierto», fue No saben de ti, la que abre Mi Pequeña Historia y con la que el gallego habitúa a comenzar sus conciertos, una canción que cada vez me gusta más, en cualquiera de los dos formatos, pero especialmente con el bandón.

Entonces le llegó el turno a otra de las sorpresas de la noche, Tal vez te acuerdes de mí, que no disfrutaba en directo desde aquel concierto toledano y que tanto me gusta.

 

 

Llegaron el frío… y otras molestias peores

A medida que el sol nos iba dejando, la brisa del norte empezó a hacerse notar. Vamos, que no hacía frío, pero que no me habría sobrado una rebequita, de haberla tenido a mano. Pero no fue el viento lo que más me molesto del concierto. A estas alturas, los comentarios, las risas y las conversaciones paralelas de las personas que me rodeaban me empezaron a molestar sobremanera. Si bien es cierto que yo estaba sentada en una mesa bastante alejada del escenario, cerca de donde seguro que se pudo escuchar muchísimo mejor, no recuerdo otro concierto donde la gente que fue a todo menos al propio concierto me hubiera molestado tanto.

Andrés Suárez en el Náutico

Que es un garito de playa, me han dicho, que allí la gente va a tomarse una copa y a hablar de sus cosas, no a escuchar al cantante. Llamadme loca, pero yo creo que los que no están muy cuerdos son ellos, si han pagado una entrada de 20€ para no prestar atención, para estar sentados en una mesa con una cerveza o lo-que-sea-que-quieran-beber hablando de sus cosas y con un paisano de fondo cantando sus penas. Puede sonar a plan agradable, pero a mí me suena a total falta de respeto. Ya adelanté mi opinión en Facebook, pero es lo que es: una falta de respeto hacia Andrés Suárez y hacia los que sí fuimos a escucharle a él y su pequeña historia.

Seguramente, la culpa fue mía por no haberme puesto más cerca del escenario, donde seguro que las «realidades paralelas» del Náutico no le quitaron protagonismo a Andrés Suárez, pero, aun así, me sigue pareciendo una total desconsideración. Por no hablar de los que se agolparon al otro lado de la valla, que a mí me parece estupendo que quisieran disfrutar de un concierto, para ellos, gratuito. Pero el problema es que ni lo disfrutaron ellos, ni nos dejaron disfrutar a nosotros. Aunque a algunos de los que se sentaban cerca de mí no pareció importarles demasiado. Los que sí estábamos interesados en la música nos dedicamos a lanzarles miradas y a chistar, por si servía de algo. No sirvió.

Así que ahí seguí, llena de rabia e impotencia, haciendo grandes esfuerzos por escuchar lo que decía el gallego. No exagero. Me costaba entenderle. Y así estuve el resto del concierto: al borde de las lágrimas, porque lo que debería haber sido un concierto precioso, a mis oídos resultó contaminado por todo tipo de ruidos, que no se pueden calificar de otra manera, ruidos molestos e irrespetuosos.

Ahogadas por los sonidos de los maleducados, intentaron sonar Una noche de verano, Pequeña historia de Marina, 6 + 4 y No digas que no, un precioso homenaje por parte de Suárez a Enrique Urquijo. Y éste fue quizás el punto máximo de mi desesperación, coincidiendo, quizá, con la mayor muestra de indiferencia por parte de los desconsiderados.

 

 

La mejor de las sorpresas

No sabíamos lo que iba a ocurrir cuando Andrés empezó a tocar Luz de Pregonda. Yo intuía que, como en aquel concierto de junio en Galileo, terminaría jugando con los efectos de las voces, las cuerdas y las teclas del piano, y que terminaría acariciando algunos versos de la mítica canción So payaso, de Extremoduro.

Lo que no me imaginaba ni por asomo (y eso que algo me habían chivado aquella mañana) es que mi querido Marino aparecería en el escenario con las primeras notas de Voy a volver a quererte, con la consecuente lluvia de aplausos y gritos de emoción que siempre acompañan a sus apariciones en escena. Fue mágico volver a ver a los dos grandes artistas interpretando las canciones del gallego a dúo, y el solo final a violín me erizó la piel, me emocionó hasta las lágrimas, me quitó el frío y hasta me hizo olvidar a los molestos charlatanes a mi alrededor. Aunque, quizás encandilados por el arte que se desprende de las cuatro cuerdas que tan bien sabe hacer sonar Marino, se callaran. Al menos, la mayoría de ellos. No te pierdas el final, dime si no es hermoso:

 

 

Marino se quedó en el escenario para seguir maravillándonos, acompañando a Andrés Suárez en las emotivas Rosa y Manuel y Clasificados, donde el gallego volvió a hacer de las suyas y terminamos con algunas voces y cuerdas de más, un experimento precioso.

 

Y si la cosa no podía ir peor…

Entonces, Marino abandonó el escenario y el gallego volvió a quedarse solo con su guitarra. Y le llegó el turno a Te va a pasar o, como yo la he bautizado, la nana, una de mis favoritas de Mi Pequeña Historia, pero habrás podido imaginar que no es precisamente muy cañera, así que si ya me costaba entender a Andrés entre canción y canción, en ese momento ya le perdí la pista hasta a lo que cantaba. Como las canciones me las sé, jugaba a adivinar por qué verso iría.

Y la cosa empeoró, pues llegaron las canciones que más canta la gente: Más de un 36 y Te doy media noche. Y sigo sumando: si ya ni entendía a Suárez cantando, imagínate lo que fue cuando ni siquiera cantaba. Me emociona mucho cuando los asistentes a un concierto cantan al unísono, pero esta vez fue frustante, como poco, y fue cuando más a punto estuve de echarme a llorar, cuando el instinto asesino se apoderó de mí, se me hinchó… la yugular y casi, casi hago lo propio con algunos de los que se sentaban más cerca de mí.

Me controlé, me controlé… Total, si ya me habían fastidiado casi todo el concierto, sólo tendría que aguantar unas canciones más. Y así transcurrieron Si llueve en Sevilla y Números cardinales. Entonces, el gallego abandonó el escenario para volver unos minutos después.

No repetiré los comentarios que escuché, provenientes del otro lado de la valla, cuando Andrés bromeó sobre qué canciones cantar, porque terminaron por sacarme de quicio. El gallego comenzó la recta final del concierto con Necesitaba un vals para olvidarte, tan apropiada en ese momento, y continuó con 320 días o Hace un año (sí, ya sabemos que en la SGAE están muy contentos con él).

 

Últimas sorpresas

Cuando ya parecía que se acababa el concierto, Andrés Suárez volvió a sorprenderme: cantamos Perdón por los bailes, dedicada a Pablo Milanés, con quien la grabó para su disco Cuando Vuelva La Marea (2011). Y digo «cantamos» porque, ya desesperada, cuando el protagonista de la noche dejaba cantar al público algunos versos, ante la imposibilidad de escuchar nada, me puse yo también a «cantar», intentando adivinar por dónde iría la canción. Y ya lo siento por los vídeos, pero era una situación desesperada.

 

 

Por último, para ponerle la guinda a aquella noche de concierto en la playa, Marino volvió a subir al escenario y juntos interpretaron No te quiero tanto, canción con la que Suárez acostumbra a cerrar sus conciertos en formato acústico.Si quieres, puedes ver todos los vídeos que filmé en el concierto en la lista de reproducción que hice con ellos. A ver si aguantas… 😉

Una vez terminado el concierto, una mujer sentada detrás de mí, me preguntó, literalmente:

–¿Te hemos molestado mucho, cariño?

Todo lo diplomáticamente que pude, le contesté que me habían molestado más los que estaban al otro lado de la valla y los de otra mesa, que ellos no me habían molestado tanto. Y es verdad. Ellos no me molestaron tanto (tanto).

Quizá debido a mis altas expectativas de poder ver por fin a Andrés Suárez en acción en el mítico Náutico, me había quedado un poco chafada, la verdad. Claro está que nada tiene que ver con Andrés, ni con Marino, ni con la propia organización del evento, sino más bien con los asistentes. Y conmigo, que no me ubiqué más cerca del escenario.

El caso es que no me quedó cuerpo para muchas fiestas, así que me fui corriendo a cambiar el coche de sitio, que estaba un poco mal aparcado, aunque ya me habían dicho que allí no pasaba nada, que malo será, pero yo no estaba tranquila. «Esto en Madrid no pasa», me dije cuando lo vi intacto. Aproveché también para dejar el trípode en el maletero (que, por cierto, no lo había usado) y coger mi cazadora vaquera que tanto había echado de menos.

Volví al Náutico para hablar un rato con mi amigo Marino, a quien tengo muchísimo que agradecer, donde siempre encuentro palabras de aliento, abrazos donde cobijarme y que siempre, siempre, sabe sacarme una sonrisa. Y después me volví a Sanxenxo para llegar a mi hotel y dar el día por finalizado.

«Mañana será mejor», me dije. Y vaya si lo fue… Fue mucho mejor.

 

¿Quieres que te lo cuente? Pues no te pierdas el post que publicaré el lunes que viene, en el que contaré lo mejor que pueda mi experiencia en el concierto del 20 de agosto en el mismo Náutico con todo el bandón, cuyos miembros habían estado el 19 entre el público, «de vacaciones y entre copas», como decía Andrés Suárez, para subirse al escenario al día siguiente y deleitarnos con otro gran concierto. Y lo mejor es que, después de todo, me quedaron ganas de volver. Y sí: el Náutico es especial, pero que muy especial. ¿Te quedas a comprobarlo?

¡Feliz semana!

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