Mi vida de gira

Andrés Suárez revienta la Joy Eslava

Aunque yo soy más de conciertos pequeños, no quería perderme a Andrés Suárez el pasado 1 de diciembre en la sala Joy Eslava de Madrid, pues sí me lo había perdido las dos veces anteriores que el gallego tocó en la mítica sala madrileña. No sabía que me estaba perdiendo algo tan grande.

Andrés Suárez en la Joy Eslava

 

Andrés Suárez en Joy Eslava: a la tercera va la vencida

La primera vez que Andrés Suárez tocó en Joy Eslava, el 20 de marzo de 2013, me lo perdí por confiada. Hasta entonces, le había visto tres veces en directo, todas ellas en Galileo Galilei, y no recuerdo haber tenido problemas para conseguir entradas ni haberlas comprado con mucha anticipación.

Yo quería verle en la Joy, siempre he querido. Pensaba que mi tercer concierto del año 2013, después de dos de Lagarto Amarillo, iba a ser mi cuarto concierto de Andrés Suárez; además, ya tenía ganas de disfrutar de su directo con banda, pues si bien sus conciertos acústicos me tenían enamorada, me habían hablado muy bien de sus conciertos con banda (prebandón). Sin embargo, me quedaría con las ganas: varias semanas antes del concierto, se anunció que las entradas estaban agotadas. Mi gozo en un pozo.

El segundo concierto de Andrés Suárez en la sala Joy Eslava fue el pasado 26 de junio de 2015. En esta ocasión, el impedimento no fue haberme quedado sin entrada (desde Moraima soy bastante previsora), sino que estaba realizando un máster que ocupaba mi agenda de lunes a viernes y de 19 a 22h, y ya me había saltado parte de la clase el día anterior para ver al gallego en Galileo Galilei (tenía que ir, por nostalgia de mi primer concierto suyo en febrero de 2012).

Así que a la tercera fue la vencida. En cuanto me enteré este verano de esta tercera fecha de Andrés Suárez en la Joy Eslava, gracias a mi querida K, no dudé en adquirir mi entrada para el evento, que prometía ser mágico… aunque no imaginé que tanto como realmente fue.

 

La cola no era para los churros

Era martes. Abrían puertas a las 20h. Yo trabajaba hasta las 18h30m. A 20km de la sala. Con la maldita fase 1 por contaminación, que limita la velocidad en las vías de acceso a la capital a 70km/h. Mi estrés era máximo. Las chicas del Comando Madrid nos organizamos en un grupo de WhatsApp: las que pudieran llegar antes, guardarían el sitio a las que llegáramos más tarde. No obstante, a mí me sabía mal y les dije que no me guardaran sitio, que me pondría atrás con mi monopié y tan pancha.

Mientras bajaba a Madrid por la carretera de La Coruña, iba dudando: «Voy directa al parking de las Descalzas… No, porque si lo dejo en Debod y voy en taxi, me sale más barato…». A último momento, tomé la salida de la carretera de Castilla para quedarme con la segunda opción. Aparte del precio del parking, me decidí porque el acceso por el centro de Madrid estaría mucho más concurrido. Aparqué en las inmediaciones del Templo de Debod y eché a correr, esperando encontrar algún taxi de camino. Cuando quise darme cuenta, ya estaba en Ópera y jadeando como si hubiera corrido una maratón.

Seguí caminando por la calle Arenal y cuando pasé por delante del pasadizo de San Ginés, aluciné con la cola que había para entrar en la famosa chocolatería, homónima al pasadizo. Pasé de largo y me planté frente a las puertas de entrada de la Joy Eslava: ni Peter. Retrocedí unos pocos pasos y empecé a escuchar que mi también querida A me llamaba: «¡Beli!». «O sea, ¿que esta cola no es para los churros?». Pues no, era para ver a Andrés, cosa que me emocionó bastante.

 

Andrés Suárez en la Joy Eslava Andrés Suárez en la Joy Eslava cola

 

 

 

 

 

 

 

 

Después de la alegría que me dio volver a ver a algunas y conocer a otras, saludos, sonrisas y abrazos, siempre tan bien recibidos, las chicas no me dejaron marcharme para atrás, especiamente S, así que me quedé con ellas, con una posición muy privilegiada en la cola (éramos el segundo grupo), gracias a las que llevaban esperando con el intenso frío del recién estrenado diciembre madrileño, desde el mediodía.

 

Tomando posiciones

Abrieron las puertas antes de tiempo, por el frío que hacía y porque estábamos colapsando todo el pasadizo de San Ginés y la calle Arenal, por más que intentaron redistribuir la cola.

S, C y yo habíamos decidido subir a una de las plantas superiores, para disfrutar del concierto tranquilas y con otra perspectiva y para que yo pudiera grabar el concierto sin tener que hacer malabarismos con la cámara; sin embargo, el acceso a la parte de arriba estaba acordonado. No obstante, vi la luz cuando me percaté de unos asientos acolchados en los laterales de la pista, así que me encaramé al respaldo de uno de ellos y entre cervezas, conversaciones y risas, disfrutamos de la espera de…

 

…un concierto para nunca olvidar

Salieron los chicos del bandón: Marino Sáiz, Andrés Litwin, Luismi Baladrón y Ovidio López. Empezaron a sonar las primeras notas de Imagínanos. Al tener a S a un lado y a K unos metros más adelante, me sentí como en Torrijos, con toda la ilusión que acompañó a aquella maravillosa noche y las bellas personas que me acompañaron a mí (nos faltaba Fiorella, aunque pronto eso cambiará). Esta vez, muchas más me acompañaban. Nunca me cansaré de darle gracias a la música por toda la gente que ha puesto en mi camino. El 1 de diciembre en la Joy Eslava me sentí especialmente bien acompañada.

Salió Andrés Suárez, entre vítores y aplausos, la escena se iluminó algo más y comenzó a cantar, acompañado por más de mil voces: «Imagíname feliz…». Ya estábamos en un cuento, del que no saldríamos en, al menos, dos horas.

 

La emoción en la garganta

Entre aplausos y gritos enardecidos, Andrés empezó a tocar las primeras notas de No saben de ti y cuando empezó a cantar, el público se volvió loco y cantó fuerte con él cada verso, cada palabra, cada sílaba. Yo no podía parar de reírme: estaba profundamente emocionada por ver cómo cantaba la gente, cómo a Suárez casi ni se le escuchaba… He de reconocer que, de pura emoción, se me humedecieron los ojos un poco. Y me reía, me reía mucho. Estaba alucinando y me preguntaba cómo había podido perderme esa maravilla en las dos ocasiones anteriores en que me la perdí.

 

 

No dejamos de cantar en todo el concierto, que, aunque más largo de lo normal, se nos hizo corto, y precioso. Con Voy a volver a quererte empecé a disfrutar también de los maravillosos sonidos emergentes de las 4 cuerdas que tan bien sabe hacer sonar mi queridísimo Marino, mi violinista preferido. Y seguí disfrutando de la gente. Desde mi posición privilegiada, algo más alta de lo normal, veía muy bien el escenario, pero también veía las sonrisas de los asistentes a aquel mágico espectáculo… y su entrega.

Y, a pesar de que ya tenía la experiencia previa del concierto de Torrijos el pasado 10 de octubre, la sonrisa que dibujaba mi cara se amplió mucho más, si cabe, cuando empezó a sonar A media estrella, casi sin darle tiempo al público para que reaccionara al final de Voy a volver a quererte. Me encantó la fuerza con la que sonó la canción perteneciente a Cuando Vuelva La Marea, y es que me gusta mucho esa canción.

La que cada vez me gusta más es Dublín (la canción), que fue la siguiente de la noche. De ésta no puedo decir que sea un amor a primera escucha, sino que ha sido más bien un amor de digestión lenta, como le pasa a mi padre con Roma (la ciudad), que yo no la conozco, pero dice que cuanto más va, más le gusta. Lo mismo me pasa a mí con Dublín: no es que no me gustara la primera vez que la escuché, pero cuanto más la escucho, más me gusta, hasta el punto de encantarme.

Con Piedras y charcos me quedé embobada, más si cabe, con la entrega de la gente. Fue la primera ocasión del concierto en que Andrés Suárez dejó que cantara el público (los primeros versos, como acostumbra) y sonó tan, pero tan bonito, que volví a partirme de la risa de pura emoción y a buscar la mirada cómplice de S, para ver si estaba viviendo lo mismo que yo. No podía cantar: sólo reírme mientras presenciaba tan bonito espectáculo, con las luces aún más encendidas, para disfrute de mis ojos espectadores.

He de reconocer que en ese justo momento sentí algo de vergüenza, pues el gallego adelantó su posición hasta los bafles situados justo delante del escenario, y al estar yo sentada en el respaldo de uno de los asientos y sacarle medio cuerpo al resto del respetable, me sentí bastante «expuesta», pues tenía la mirada de Andrés Suárez a la altura de la mía y estaba relativamente cerca del escenario (a la altura de la cuarta o quinta fila). Me habría gustado pasar algo más desapercibida, pero todo sea por un buen plano.

Andrés Suárez Joy Eslava Beli

 

Y vino otra canción que no sé por qué tenía la sensación de echarla de menos, si desde el concierto de Gijón, Andrés Suárez la ha tocado en todos los conciertos con bandón de la gira de Mi Pequeña Historia; se trata de Esta vez, si puedes, para recordar Moraima. Y, de nuevo, no sé por qué, durante esta canción me emocioné especialmente con la calurosa participación del público. Para muestra, un vídeo:

 

 

Volvimos a Mi Pequeña Historia para disfrutar de Si llueve en Sevilla y, aunque no cambiamos de disco, nos remontamos a los tiempos de Andrés Suárez en la Galileo Galilei, cuando iban a verle 72 personas (gallego, yo sí que estaba), entre ellas una pareja que le contó su próximo desahucio, y a ellos les escribió Clasificados, y a nosotros nos la regaló el martes pasado. Dice Andrés que no sabe si escucharon la canción, que no le consta, que no volvió a saber de ellos… Sería precioso que la escucharan, que se reconocieran en ella, que volvieran a un concierto y le dijeran al gallego algo así como: «Ey, qué bonita canción. Estamos bien. El desahucio fue horrible, pero menguó la luna para hacernos colchón y ahora vivimos mucho mejor en Saturno».

Sería bonito, ¿no? Ojalá algún día escuchemos o leamos algo parecido.

 

La emoción en los ojos

Y, entonces, llegó uno de los momentos más mágicos y emotivos de la noche: Marino, Andrés Litwin, Luismi y Ovidio abandonaron el escenario para dejar solo a Andrés Suárez sobre él, quien cambió de guitarra y ¡sí! ¡Sorpresa! Volvimos a ver su ajada y mítica Takamine sobre un escenario (mi foto con ella iba a perder valor. Je).

Una noche de verano fue la primera canción que Suárez interpretó en formato acústico (esa noche no tuvimos que decidir entre acústico o bandón, pues lo tuvimos todo en uno). Ya sabes que esa canción me toca especialmente la fibra, sobre todo en acústico. Y por si no estuviera contento el gallego con habérmela dejado tocada, por seguir tocando, tocó Pequeña historia de Marina, para terminar tocando y cantando al aire los últimos versos (como también hizo en Valladolid), para terminar de tocarme el corazón y dejarme aún más tocada.

Pero no, aún no estaba contento, así que cambió de guitarra e interpretó Benijo. Cómo se nota que a Andrés Suárez le encanta jugar a Hundir la flota, pues me terminó por dejar tocada y hundida. Adiós a mis fragatas, destructores, acorazados y submarinos… Pero, ¡eh!, aún me quedaba un portaviones a flote (la pieza más grande no es tan fácil de destruir).

 

Andrés Suárez en la Joy Eslava

 

Pronto lo estaba diciendo: salió Marino al escenario y ya me temía lo peor. Y no me equivoqué. Interpretaron juntos, a voz, guitarra y violín, Rosa y Manuel. Y me acordé de mi primer concierto, de mi compañero Pablo y su trágica historia (que me marcó y dejó indeleble en mi memoria el recuerdo de mi primer concierto de Andrés) y de mi abuela, de quien no me pude despedir. E, inevitablemente, me puse a llorar. A tomar por saco el portaviones y toda mi flota.

Si en Piedras y charcos ya me dio vergüenza estar «demasiado expuesta» a los chicos, imagínate aquí, hundida en un mar de lágrimas. Con una mano sujetaba el monopié y con la otra intentaba consolar a S y, a la vez, secarme las lágrimas, pero fue imposible… Vergüenza me dan también mis sollozos, audibles en el vídeo, pero fue un momento precioso, muy emotivo… y hasta al propio Andrés se le quebró la voz. No puedo describir la sensación de compartir la misma emoción con alguien más, en el mismo lugar, al mismo tiempo, por motivos parecidos:

 

 

Ya nadie hace playboy

Volvieron Litwin, Luismi y Ovidio al escenario para levantar el ánimo de la Joy Eslava con el momento Bon Jovi de la noche (¿o debería decir momento Andrés Suárez?): sí, me refiero a Más de un 36, y una vez más el público demostró de qué están llenos sus pulmones. Y sus corazones, por supuesto.

Otro momento mágico, como ya es habitual en la gira de Mi Pequeña Historia, sucedió de la mano de Vuelve, uno de mis amores a primera escucha de Moraima. Y los amores a primera escucha siempre quedan ahí, en lo más hondo de nuestros corazones. No es que no me esperara la respuesta de la gente, pero yo soy una chica muy sensible, ¿qué le vamos a hacer?

Más emocionante, si cabe, fue Te doy media noche, que si bien ya te dije que es una de las más cantadas por el público de la gira de Mi Pequeña Historia, esta vez fue especialmente emocionante, porque Andrés la cantó casi enterita y apenas se le escuchaba. Mi historia con esta canción también fue muy especial. Y aunque ahora no me emocione tanto como cuando la conocí o la primera vez que la viví en directo, sigue siendo una de mis favoritas:

 

 

Después volvimos al sur, concretamente a Cádiz, a Cuando Vuelva La Marea y a Moraima, para disfrutar de La vi bailar flamenco, que compartí vía WhatsApp con mi gaditana favorita. A esas alturas de la noche había perdido la cuenta de cuántas notas de audio mandé, aunque la Amiguísima fue la única a quien mandé tres.

Seguimos con otra canción cuya evolución en mi gusto es parecida a la de Dublín6 caricias me ha ido gustando más y más a medida que la he ido escuchando. Me encanta cuando Andrés Suárez canta o, mejor dicho, grita con rabia, dejándolo todo en el escenario, que me contagia y hace que me vibre todo el cuerpo. Unos se desahogan haciendo deporte y yo cantando a los gritos, ¿qué pasa?

No te quiero tanto fue otra de las grandes coreadas de la noche, otra para la emoción y la nostalgia. Recuerdo que, en mis primeros conciertos de Andrés en Galileo, era mi favorita, junto a Lo malo está en el aireImagínanos. ¿Cómo no tenerle cariño a mi primera canción favorita de Andrés Suárez?

 

La emoción en el corazón. Su pequeña historia se hace grande

Y los chicos abandonaron el escenario. 18 canciones eran las que habían tocado desde el inicio del concierto (lo «estándar») y aún quedaban los bises. Estaba siendo un conciertazo, con todas las letras, lleno de emociones, de alegría, de lágrimas, de cariño, de energía… Y ahora, que se empezaba a intuir el final, se apoderaba de mí un pequeño atisbo de tristeza, mezclado con la gran felicidad por lo que estábamos viviendo.

A los gritos de «otra, otra», Suárez, Litwin, Sáiz, Baladrón y López reaparecieron en escena. Y llegó el momento. Marino, Andrés L., Luismi y Ovidio se quedaron de pie, al fondo del escenario. Andrés S. ocupó su lugar en la parte central del escenario y dio la noticia más importante hasta la fecha de su carrera: el 4 de noviembre de 2016 despedirá la gira de Mi Pequeña Historia en el Palacio de los Deportes de Madrid. Aunque ya intuíamos una noticia así, no pude evitar emocionarme y gritar con los cientos y cientos de personas que nos hallábamos aquella noche allí reunidos.

Fue muy emocionante. Es muy emocionante. Su pequeña historia no es nada pequeña. Y así tenía que ser. Aún recuerdo cuando hace 4 años, que escuché por primera vez al «amigo de mi amiga» y le dije a ella: «es muy bueno tu amigo. Dale tiempo». Creo que desde entonces se lo dije a todo al que le hablaba de su música. Sí, me refería a Andrés Suárez. Y otra vez volví a reírme a carcajadas. La alegría que sentía no me cabía en el pecho. Después del notición, tocaron Números cardinales, pero yo ya no podía pensar en otra cosa.

 

 

Y como ya nos esperábamos la recta final de la noche, S y yo empezamos a bromear: «hace un aaño, hace un aaaño». Y así llegó 320 días (tuve que dejar en el vídeo el último «hace un aaño» nuestro; era eso o «comerme» el de Andrés). Otra canción que, en mi opinión, viene muy bien para descargar rabia. Yo la usaba hace tiempo con este propósito (a la vez que hacía deporte) y me quedaba vacía, vacía y nueva.

Y la noche terminó con el ya mítico y genial final, protagonizado por Luz de Pregonda, jugar a Simón dice… con Andrés y terminar con la segunda parte de Lo malo está en el aire, otra de mis favoritas para desahogarme (y de mis favoritas de todas, todas), pero ésta con una sonrisa en la cara, gritando, cantando, dando palmas… Tendrías que verme en el coche, todo un espectáculo. Igual algún día te lo enseño.

 

 

Pásate por aquí si quieres ver la lista de reproducción de mi canal de YouTube con todos los vídeos que filmé durante el concierto.

 

No fue un concierto. Fue un conciertazo, ya lo he dicho. Fue increíble. Tenía tanta energía que habría estado toda la noche de fiesta con las chicas. ¿Problema? Era martes y al día siguiente había que trabajar. Así que nos fuimos a cenar al McDonald’s más cercano y cuando dieron las 12, cual Cenicientas, le cantamos el Cumpleaños feliz a C. y nos fuimos. Eso sí, con una sonrisa enorme en nuestras caras y más grande aún en nuestros corazones.

Próxima cita: 10 y 11 de diciembre. Santiago de Compostela. De hecho, es muy probable que mientras estés leyendo estas líneas, yo esté preparando todo para poner rumbo a la capital gallega.

Te lo contaré y te lo enseñaré muy pronto. Prometido.

Un abrazo.

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