Mi vida de gira

De círculos que se cierran en el Círculo de Arte de Toledo

El 26 de abril actuó Andrés Suárez en Toledo, concretamente en el Círculo de Arte. Tenía entrada y no fui. Sí, sé lo que estás pensando. Yo ahora también lo pienso. Entonces preferí irme con otra persona para la que no conseguí entrada (y de lo que ahora, en el fondo, me alegro, pues para mí compartir la emoción de un concierto no es nada baladí) a otro sitio, lejos de casa y de mí misma. Ese día tendría que haber ido a Toledo. Punto.

Andrés Suárez en el Círculo de Arte de Toledo

 

Desde que empecé en Krinki, aparte de que tengo el blog bastante abandonado (y me da mucha pena, todo sea dicho), no he escrito de ningún concierto, que era la esencia de Mi vida de gira. Es cierto que, al ser un espacio muy personal, me tomo la licencia de cambiar el rumbo para hablar de lo que me va apeteciendo, que para eso es mío (je). Pero si escribía fundamentalmente de conciertos es porque es una de las cosas que más me gustan. Así que hoy lo voy a hacer.

Es más: le voy a quitar la exclusiva a Krinki y voy a contar aquí antes que allí el último concierto al que he ido. No pasa nada, en realidad, porque como el enfoque que he dado siempre aquí es muy personal, no hay conflicto de intereses. Allí escribo más en plan periodista seria y cuento el qué (se vivió). Aquí me desquito, me desnudo, pongo el corazón sobre la mesa y cuento el cómo (lo viví). Allí soy Belén Jiménez; aquí, Beli. Aunque a veces una se cuela en la otra y, claro, se me ve el plumero. Y como desdoble de personalidad de momento no tengo, pues en el fondo me da igual cómo me llames, que yo soy siempre la misma. De lo que sí padezco es de verborrea crónica, así que voy a lo que iba:

Me perdí el concierto por tonta

Como te decía, me perdí el concierto de abril de Andrés Suárez en Toledo por tonta. En lugar de haber ido a donde sabía que sería feliz, me fui a otro sitio, con otra persona y me robaron la cámara (mi querida Canonita, que tantas alegrías me dio y cuyas sustitutas tantos disgustos me están dando), el tiempo y las energías. En lugar de eso, entendí que una no puede luchar contra sí misma. Y así me vi: desprovista de cámara y fuerzas, dándome de bruces con la realidad de que lo que pudo haber sido fue y nunca será, de que lo que nunca tuvo sentido, lo va perdiendo aún más con el paso del tiempo.

Para colmo, cuando llegué a casa al día siguiente por la noche, me senté a la mesa de la cocina y busqué con el iPhone en YouTube «Andrés Suárez», ordenando los resultados por fecha de subida. Imaginaos la cara que se me quedó cuando comprobé que el cantautor gallego había estrenado una canción la noche anterior en Toledo (hacía bastante que no lo hacía, aunque él es muy dado a tocar canciones inéditas). Como si eso fuera poco, la reproduje y me puse a llorar de preciosa que es. Me puse a llorar con los versos:

 

«¿Qué pasó, mi bien? ¿Qué pasó
que vivimos dos historias diferentes,
que olvidaste mi canción entre la gente,
que entonaste un “hasta luego” y era “adiós”?».

 

Lloré. Había perdido la cámara, el tiempo, las energías y el estreno de una canción. Me había traicionado a mí misma y había dejado de disfrutar de la música en directo, de un concierto, de un concierto de Andrés Suárez. Lloré. ¿Cómo no iba a llorar? Esa noche reproduje aquel vídeo perdí-la-cuenta-de-cuántas veces. Y no volví a ver a esa persona. Hizo falta perder tantas cosas tan importantes para mí para darme cuenta de lo obvio. Hizo falta perderme a mí misma para reencontrarme.

Segunda oportunidad y cerrando círculos

El pasado 20 de noviembre se volvió a repetir la cita: Andrés Suárez. Círculo de Arte. Toledo. Con la diferencia de que esta vez era un jueves y al día siguiente había que levantarse a las 7 de la mañana. Además, iba sola, era el cumpleaños de mi hermano P y tenía que ir volando del trabajo a casa por el «monopié» y las baterías de la cámara (otra decepción que no merece llamarse Canonita); y, de ahí, salir a toda prisa hacia Toledo… Si metemos todo eso en una coctelera, sale un buen batido de pereza. Aun así, no me dejé vencer por ella y me puse en marcha. Sufrí todo el tráfico de salida de Madrid, el frío y la lluvia. Llegué por los pelos, pero llegué. Me lo debía. Se lo debía a Suárez. Se lo debía al Círculo de Arte. Me lo debía a mí.

Lo disfruté tanto, me emocionó tanto… A cada acorde, a cada palabra, a cada verso, a cada canción… supe que estaba haciendo lo que debía, que estaba en el lugar correcto. Supe que estando allí era yo. Más yo que nunca.

Me alegré tanto de haber hecho todo lo posible por estar allí aquella noche y haberlo conseguido que no puedo describirlo con palabras. Era algo que tenía que hacer sola. Y así fue. De ir acompañada, no habría podido darme cuenta del gran significado de todo aquello. Me emocioné muchísimo cuando cantó 6+4, la canción que perdí el 26 de abril, la que recuperé el 20 de noviembre:

 

 

Y, por si fuera poco, Andrés Suárez estrenó dos canciones. En realidad, ya las había estrenado en otros conciertos, en otras ciudades (el primer vídeo que encontré es del 4 de octubre en L’Oncle Jack), pero yo andaba desactualizada; cosa rara en mí, porque siempre que el gallego hace concierto, suelo mirar en YouTube por si estrenara canción. Ya ves, supongo que esta vez también tenía que ser así, para que me emocionara mucho más y me diera cuenta de que yo tenía que estar allí. Punto.

Y si te lo estás preguntando: sí, lloré. Lloré con Una noche de verano, con sus desgarradores versos finales:

«Recuerdo que olvidé su despedida,
su silente “hasta mañana”.
Sus lunares ya no riman
con los versos en la cama.
Siendo toda la poesía,
le servía de papel.
Recuerdo a Benedetti en sus pupilas
cuestionando mi pasado.
Por pasar, pasó la vida
una noche de verano.
No maldigo su mentira,
solamente este querer».

 

 

Pues sí. Lloré. ¿Cómo no iba a llorar? Pero ésa también soy yo. En mi primer concierto de Suárez, lloré con Rosa y Manuel. Fue un 10 de febrero de 2012. Aquel día tuve una despedida amarga con una gran amiga. Aquel día falleció un compañero de la universidad por el maldito cáncer. Aquel día fue mi primer concierto de Andrés Suárez. Y cantó Rosa y Manuel. No la conocía y me puse a llorar.

Aquella noche en el Círculo de Arte de Toledo se cerró un círculo. Aquella noche comprendí que uno no puede cambiar lo que es ni traicionarse. Así que gracias a Andrés, a la música, a los conciertos y a las canciones que me hacen llorar por darme tanto, tanta vida.

Desconozco la asiduidad con la que podré escribir aquí. Ojalá mucha. Lo que tengo claro es que este blog siempre existirá, de una u otra manera, y que mi vida nunca dejará de estar de gira. Porque soy yo.

 

Gracias.

Deja un comentario